El valor de una urna

Hace 1 día 4

La anciana miraba la caja como si fuera un misterio insondable. A sus espaldas, una hilera de hombres y mujeres aguardaba su turno para depositar su voz en una urna imposible. Aquella mañana, Sudán del Sur votaba en un referéndum si se independizaba del norte del país después de más de 40 años de guerra cainita y de siglos de desprecio de los pueblos árabes del norte. La abuela dobló la papeleta, la introdujo en la ranura de la urna y regaló una sonrisa a quienes la observábamos.

Por fin, vino a decir.

Hace 15 años, fui testigo de un fallo del sistema. Desde la Conferencia de Berlín de 1885, cuando las potencias europeas se repartieron África, nunca se habían dibujado nuevas fronteras en el mapa africano hasta que el aire de libertad corrió por Sudán del Sur. Fue una anomalía corta: en dos años, la ilusión de la independencia se desintegró en una guerra, esta vez entre dinkas y nuer del sur, que desoló el país.

Años después, le pregunté a mi amiga sursudanesa Grace si aquel fervor democrático había valido la pena y dudó. “Bueno, antes había guerra, ruina y no éramos libres. Ahora solo hay ruina y guerra”.

En 25 años como reportero en el continente, he visitado decenas de países donde votar era un deseo inalcanzable y el ansia de democracia se castigaba con la cárcel o unos huesos rotos. También se me ha erizado la piel con la esperanza de quien votaba por un futuro mejor.

El fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes porque despierta el sentimiento de comunidad y aviva pasiones pero también porque sirve de espejo social. Por eso, que el Barça acuda hoy a las urnas para elegir presidente quizás es intrascendente y diminuto, pero es un acto democrático que debería despertar un orgullo unánime en los culés. Ese mensaje dibuja una forma determinada de colocarse en el mundo: el Barça será lo que decidan sus socios.

De igual forma que la apuesta decidida por la Masia o por una identidad basada en el juego de posesión desenfadado o por su defensa de Catalunya, la votación para escoger entre Jan Laporta o Víctor Font traspasará fronteras y llevará un mensaje poderoso a lugares donde la democracia está arrasada. El poder no siempre se obtiene con sangre; a veces, en una tontería tan importante como el fútbol, hay clubs que piden a sus líderes que se lo ganen por confianza o valentía.

Y probablemente en el valor estará la clave de las elecciones de hoy. En las entrevistas de esta semana a ambos candidatos en La Vanguardia, les preguntaron si querrían enfrentarse en una final de Champions con el Madrid. Font dudó, dijo que no, que quizás, pero mejor no.

Laporta ni se lo pensó: sí.

Puede que bajo ese arrojo ante el enemigo se resguarde hoy la confianza de los socios.

Sobre todo en estos tiempos de ruina y guerra.

Xavier Aldekoa

Licenciado en Periodismo y eterno estudiante de Ciencias Políticas. Amante de las maletas improvisadas y de abrir bien los ojos al viajar, tengo predilección por África y sus gentes

Leer el artículo completo