Una ‘diplomafia’ de Trump en Europa

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Que el presidente de EE.UU., Donald Trump, se ha rodeado durante su segundo mandato de una guardia pretoriana de fieles no es novedoso. Tampoco lo son sus escasas simpatías hacia la Unión Europea. Esa combinación no solo ha sacudido el comercio o la seguridad transatlántica. Ha impregnado la savia bruta de la diplomacia: el nuevo sello de las embajadas estadounidenses en los países europeos ya no son las corbatas, sino las gorras de MAGA. Tras los continuos desprecios a Ucrania y a los aliados europeos, The Economist calificó la diplomacia de Trump al más “estilo de la mafia”: “Don Corleone la reconocería”.

A los embajadores destinados en países terceros se les presupone discreción o respeto por el país anfitrión y por sus instituciones. La Convención de Viena de 1961 apela a la no injerencia en sus asuntos internos. Pero recientemente, el embajador norteamericano en Bélgica Bill White, admirador, vecino, amigo y trumpista convencido, desató una crisis diplomática en el país al más puro estilo de su jefe, en el fondo y en las formas: “¡BÉLGICA DEBE TERMINAR YA EL PROCEDIMIENTO RIDÍCULO Y ANTISEMITA DE LOS TRES RELIGIOSOS JUDÍOS (MOHELS) EN AMBERES!”, escribió en X a raíz de la apertura de una investigación judicial contra tres circuncidadores judíos que no tenían licencia médica en Amberes. Con órdenes, mayúsculas y condescendencia.

Bill White, admirador, vecino, amigo y trumpista convencido, desató una crisis diplomática en Bélgica

En Bruselas sintieron que se estaban pasando “líneas rojas”; en Washington contratacaron recriminando la ayuda prestada durante la Segunda Guerra Mundial. Poco antes, la embajada de EE.UU. en Copenhague, bajo la batuta de Ken Howery, causó una gran controversia al retirar las banderas danesas que honraban la memoria de los soldados daneses caídos en Afganistán.

El movimiento no es inocente. Responde a una estrategia y a un objetivo: influir en las políticas internas,, dividir o doblegar en medidas que no agradan, como el precio de los medicamentos o las regulaciones digitales. A Trump no le gusta la UE, quiere lidiar con países de forma individual, como ha reconocido de forma muy clara en su estrategia de seguridad nacional, que llama a “cultivar la resistencia a la trayectoria actual de Europa dentro de las naciones europeas”. El aparato diplomático es otra herramienta para ello.

A finales del año pasado retiró a casi 30 diplomáticos y embajadores de carrera de sus puestos, una medida que la Asociación del Servicio Exterior Estadounidense calificó de inédita en el siglo de historia del servicio exterior moderno. Una de las señales más claras de que su “America first” tiene dimensión más allá de sus fronteras. “Necesitamos profesionales con habilidades y experiencia no partidista ahora más que nunca”, reprocharon en una misiva senadores demócratas.

Todas las administraciones tienen la tentación de prescindir de personas acreditadas y pagar favores pendientes o colocar a afines. Pero como en muchos otros campos, la sensación es que, también, en esto Trump está yendo demasiado lejos.

Lealtad vs. habilidad

Parientes, viejos conocidos, modelos, magnates. En la red de emisarios de Trump en Europa predomina la lealtad ideológica, el corte empresarial o la defensa de Israel. El embajador Benjamin León Jr. en España ha construido un imperio con sus negocios en el sector sanitario y es donante destacado del Partido Republicano. Kimberly Guilfoyle, ex prometida del hijo homónimo de Donald Trump, fue enviada a Grecia poco después de su ruptura. Ex fiscal y antigua presentadora de Fox News, aterrizó en el paraíso heleno con la misión de cerrar acuerdos energéticos favorables para su país.

Charles Kushner, suegro de la hija de Trump, acababa de instalarse en París como nuevo embajador, un puesto por el que pasaron Benjamin Franklin o Thomas Jefferson, cuando ya enseñó los dientes enviando una carta, que hizo pública, a Macron acusándole de no tomar medidas contra el antisemitismo: “No paso ni un día sin que haya judíos atacados en las calles”. 

La gota que rebasó el vaso fueron sus intromisiones tras el asesinato del activista de extrema derecha Quentin Deranque. “No tenemos lecciones que aprender”, respondió el ministro de Asuntos Exteriores francés, Jean-Noël Barrot, tras llamarlo a consultas. No se presentó a la cita. A los embajadores se les presupone una habilidad exquisita para el equilibrismo y la compostura. Están ahí para representar, escuchar, persuadir y dialogar a través de canales de comunicación establecidos. No es el caso.

Las palabras del presidente del Parlamento polaco, Włodzimierz Czarzasty, poniendo en duda que Trump meritase el Premio Nobel de la Paz provocaron una ruptura con el emisario de Trump en el país, Thomas Rose, que las calificó de “insulto vergonzoso”. En Luxemburgo, Stacey Feinberg aseguró que estaba ahí para educar “humildemente” al país sobre China. Las capitales europeas asisten con desconcierto a esta nueva forma de (des)diplomacia en los puestos llamados a ser la bisagra de toda relación bilateral.

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Publicación elaborada en el marco del proyecto ‘Europa de Vanguardia’, con el apoyo del Parlamento Europeo y siguiendo el criterio editorial de ‘La Vanguardia’

María García Zornoza

Bruselas. Servicio especial

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