Con la posible excepción de la corte de aduladores que le rodea, donde destaca con luz propia Pete Hegseth, el autodenominado secretario de Guerra, antes de Defensa, nadie parece tener claros los auténticos objetivos del presidente Trump en su campaña militar contra Irán.
Sin ánimo exhaustivo, se ha citado el derrocamiento del régimen de los ayatolás, la desnuclearización, la limitación del arsenal balístico, la eliminación de las guerrillas aliadas de Teherán en Líbano, Yemen, Irak y Gaza y, obviamente, la colaboración con el gobierno israelí para establecer la hegemonía del Estado hebreo en la zona.
No parece descabellado que Trump pretenda con esta guerra elevar su nivel de popularidad
Da la sensación, en cualquier caso, de que la eficacia de la operación de remoción, detención y traslado a Nueva York del presidente venezolano Nicolás Maduro del pasado 3 de enero dotó a Trump de una renovada atracción por el papel de comandante en jefe de las fuerzas armadas de su país, papel que le reserva la Constitución.
No parece muy coherente con el joven Trump que se libró del servicio militar obligatorio y probablemente de ser destinado a Vietnam alegando espolones en los pies, pero sí forma parte de una arraigada tradición presidencial, la de envolverse en la bandera e involucrarse en campañas bélicas en el extranjero cuando pintan bastos en el frente doméstico. Y, al menos inicialmente, dichas intervenciones suelen propiciar un aumento de la popularidad del presidente, efecto que se extingue irremediablemente si no se vislumbra un fin cercano del conflicto y, sobre todo, si comporta víctimas mortales de soldados estadounidenses.

Los dos antecesores republicanos de Trump, Bush padre y Bush hijo, constituyeron buenas muestras de este fenómeno. El primero experimentó un gran salto de su popularidad en los primeros meses de la guerra del Golfo que arrancó en agosto de 1990 con el objetivo, culminado con el éxito, de liberar Kuwait de la invasión iraquí. Dicho éxito, sin embargo, no impidió su derrota ante Bill Clinton en las elecciones de 1992.
Mejor suerte corrió Bush hijo, al que las intervenciones sucesivas en Afganistán (octubre del 2001, tras los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono) e Irak (marzo del 2003), proporcionaron un significativo salto de su popularidad, que no obstante se fue difuminando a medida que dichas guerras se eternizaban y acarreaban víctimas mortales estadounidenses. Elegido por los pelos en el 2000 tras una controvertida decisión del Tribunal Supremo, obtuvo sin embargo una cómoda reelección en el 2004 cuando la intervención de Estados Unidos en Irak aún no se había convertido en una pesadilla.
Con serios reveses en su política arancelaria y migratoria –significativo el cese de Kristi Noem, su agresiva directora de Seguridad Nacional–, no parece descabellado suponer que Trump ha pretendido con su intervención en Irán elevar su nivel de popularidad, que mantiene firme en su base MAGA pero que a nivel nacional se sitúa en un débil 38%. Sin embargo, transcurridas dos semanas largas del inicio de las hostilidades, la guerra ni pinta bien ni pinta que vaya a concluir rápidamente.
Evidentemente, en cualquier momento el presidente Trump puede afirmar que se han cumplido los objetivos de la contienda –que nadie sabe a ciencia cierta cuáles eran– y proclamar una improbable victoria. Lo que resulta evidente es que en las elecciones de medio mandato del próximo mes de noviembre se dirime no sólo el final de ese Congreso complaciente que apenas ha rechistado ante sus flagrantes abusos de poder, sino también su legado histórico. Su obsesión por poner su nombre a monumentos e instituciones parece revelar que el impulso de lucrar a familia y allegados puede ser compatible con objetivos de naturaleza más inmaterial.

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