Los creyentes en la causa europea atraviesan días difíciles. Los convencidos de las ventajas de un modelo que reconstruyó Europa después de la Segunda Guerra Mundial, que puso en marcha el estado del bienestar, que tiene como base fundacional un sistema basado en reglas y que cree en los organismos internacionales; los que en definitiva creen más en la razón que en la fuerza, lo están pasando mal.
La semana pasada se convirtió en un nuevo viacrucis para estos europeos convencidos, con tres nuevos pasos de esta Europa cada día más sometida a Estados Unidos, el antiguo aliado que ya no lo es tanto, y que se va acercando a un modelo más trumpista, más cercano a los supuestos “valores” que impulsa desde su caos particular el presidente norteamericano.
Por un lado, la Unión Europea subió otro peldaño en la expulsión de los inmigrantes sin contemplaciones ni respeto a sus derechos fundamentales; por otro, avanzó en la conversión a marchas forzadas a la fe de la energía nuclear; y en tercer lugar, y lo más grave, se empezó a cuestionar los principios de ser de Europa por parte nada menos que de la responsable de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Aunque al cabo de dos días tuvo que rectificar, la semilla está sembrada.
Empezando por la inmigración, desde la guerra civil de Siria del 2015 y la llegada masiva de refugiados que conllevó, Europa empezó a endurecer su política en este terreno y a externalizarla con un acuerdo con Turquía para que este país se quedara en su territorio con los refugiados que llegaban huyendo. La imagen de Aylan, el niño sirio que murió ahogado y apareció en una playa de Turquía, despertó algunas conciencias, pero el efecto fue transitorio.

Desde entonces, la dureza de la política migratoria europea ha ido en aumento, y ahora se está en una nueva fase, la definitiva externalización de esta política, creando centros de deportación de inmigrantes fuera del territorio de la UE. ¿Recuerdan las cárceles de inmigrantes en El Salvador? ¿O a Meloni deportando inmigrantes a Albania? Pues un modelo parecido, pero a escala europea. Esta pasada semana, la comisión de Libertades Civiles del Parlamento Europeo ha aprobado e incluso endurecido el reglamento de Retorno que establece estos centros. Lo poco que queda por decidir es si a las familias con menores también se les enviará a estos centros fuera de las fronteras europeas. La alianza del PP europeo con la extrema derecha funcionó sin fisuras.
La segunda estación del viacrucis es el potenciamiento de la energía nuclear. Ya en el 2022 Europa concedió el estatus de energía sostenible a la nuclear. El pressing de Francia, gran campeón del átomo, se notaba, y la nuclear se coló en la taxonomía verde, con lo que tiene acceso a ventajas y subvenciones. Pero, la pasada semana, Von der Leyen dio un paso más y dijo con contundencia que reducir la apuesta por la energía nuclear fue un error estratégico de Europa. Es significativo que este pronunciamiento venga de una persona que estaba en el Gobierno de Angela Merkel cuando en 2011, después del accidente nuclear de Fukushima, decidió fijar el fin de la energía nuclear en Alemania para el 2022. San Pablo cayéndose del caballo atómico.
Es también la misma Von der Leyen que formó parte de los gobiernos de una Alemania que lo apostó todo durante décadas al gas ruso, sin tener en cuenta la variante geoestratégica que, con la invasión de Ucrania, pasó factura, y que es uno de los factores que la ha sumido en su actual anemia económica.
“Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial”, dijo Von der Leyen, aunque dos días después rectificó.
Consecuente con su descubrimiento del gran error cometido, Von der Leyen pone sobre la mesa 200 millones de euros para desarrollar “tecnologías nucleares innovadoras”. Se refiere a reactores nucleares pequeños (SMR), que se diferencian de sus hermanos mayores por ocupar mucho menos espacio físico, fabricarse en serie y con componentes que se ensamblan en fábrica y se trasladan al punto de instalación. En lo esencial, no cambian. Utilizan la misma fisión nuclear.
Inmigrantes, átomos y lo más destructivo de la semana, la llamada a una supuesta modernización de los valores europeos, básicamente renunciar a los que todavía mantiene. “Europa ya no puede ser guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que ha desaparecido y ya no volverá”, dijo Von der Leyen. Es decir, el final del orden mundial basado en reglas, que es una de las ideas fundacionales de la Unión Europea, y que, si se renuncia a este orden, entran dudas del sentido que tiene la Unión Europea en este nuevo mundo.
Lo dijo nada menos que la responsable de la institución que es la guardiana de los tratados, según marca el artículo 17 del Tratado de la Unión Europea, y como añadido, se le puede recordar a Von der Leyen que, a pesar de que tanto en su primer mandato como en el segundo está demostrando un gran afán para acaparar poder dentro de las instituciones europeas, no es la responsable de la política exterior.
Acercarse al trumpismo tampoco garantiza dividendos: ni te avisan antes de iniciar una guerra ni te consultan antes de levantar sanciones al petróleo ruso.
Es cierto que solo dos días después, tuvo que rectificar de plano en su comparecencia ante el Parlamento Europeo. Allí habló del compromiso inquebrantable de la UE con el derecho internacional. Las duras reacciones a su primer discurso obligaban, pero queda la duda de si es una corrección momentánea, y mantendrá el objetivo de una Europa abandonando su esencia, o fue un error puntual. Si se cayó del caballo solo con la energía nuclear, o también con el viejo orden mundial, y de qué defenderá a partir de ahora.
Todo indica que Von der Leyen quiere seguir tan de cerca la línea que marca el canciller alemán, Friedrich Merz, que en ocasiones se pasa de frenada. También Merz consideró en enero un error estratégico el abandono de la energía nuclear, y también él, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, apuntó al final del orden mundial basado en reglas. Pero Von der Leyen, en este apartado, fue un paso más allá, pidiendo ya a la Unión Europea que se olvidase de su esencia y que se adaptase al nuevo mundo.
El problema de fondo puede venir de que tanto Merz como Von der Leyen consideran como absolutamente indispensable mantener la relación con Estados Unidos, al precio que sea. Lo prueban la foto de Von der Leyen en un campo de golf de Trump el año pasado, firmando un acuerdo muy desequilibrado entre Estados Unidos y la UE; y también el comportamiento dócil de Merz en la Casa Blanca hace dos semanas.
Un problema añadido de una Europa más trumpista es que, además de perder la esencia en la metamorfosis, no garantiza ningún dividendo. La sumisión al ocupante del Despacho Oval ni asegura que te avisen antes de declarar una guerra que te perjudicará especialmente, ni que te consulten antes de levantar las sanciones al petróleo ruso, beneficiando a Putin y perjudicando a Bruselas, ni que te amenacen con nuevos aranceles en cualquier momento. Europa, tenemos un problema.

Redactor jefe de la sección de Economía de La Vanguardia

Hace 7 horas
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