En cuanto un test de embarazo da positivo, todas las miradas se vuelven hacia la futura madre: por su salud y la del niño que está en camino, se le recomienda no fumar, no beber alcohol, evitar algunos alimentos, estar tranquila, no estresarse… Pero la buena evolución de la gestación y el bienestar de las generaciones futuras no empieza ahí ni depende solo de ella. La salud paterna y su historia de vida también tienen un impacto. Una revisión multidisciplinar publicada este lunes en la revista The Lancet ahonda en los efectos del ciclo vital del padre sobre el embarazo y la salud del niño y muestra que factores médicos, conductuales y psicosociales del hombre pueden influir también en el embarazo y en el desarrollo de su descendencia.
La investigación cuestiona el enfoque tradicional de la atención prenatal, centrada exclusivamente en la madre, y apela a la responsabilidad compartida durante la gestación. Hay factores biológicos directos, como la calidad del esperma, los hábitos o la edad del padre, que pueden marcar el porvenir del embarazo y el desarrollo del niño. Y existen, también, variables socioculturales, algunas más indirectas, vinculadas al comportamiento del padre, su relación con la gestante o la crianza, que funcionan como una especie de efecto dominó y acaban afectando al bienestar de la embarazada y del bebé. Un ejemplo: los autores señalan que el apoyo paterno se asocia con una mayor participación de la madre en la atención prenatal, menos ingesta de alcohol y tabaco por su parte, menos casos de bajo peso al nacer y tasas más altas de lactancia materna.
La salud del esperma es un factor clave en una concepción saludable. Los autores recuerdan que los hábitos de vida pueden provocar cambios epigenéticos en él. Es decir, que el peso corporal, el ejercicio, la exposición a tóxicos ambientales o el trauma psicológico, por ejemplo, provoca alteraciones en el ADN que, aunque no modifican su secuencia, provocan cambios en sus funciones que condicionan la salud del esperma. Los autores admiten, eso sí, que toda esa evidencia, procedente de estudios en animales, todavía no puede traducirse en recomendaciones de intervenciones porque se desconoce si esas medidas —como cambios en la dieta o menos sedentarismo— podrían revertir los daños epigenéticos del esperma.
Los científicos subrayan, además, que para la salud del esperma no importan solo los hábitos del hombre en el momento de la concepción. Aunque los espermatozoides se renuevan rápida y constantemente, el hombre tiene una mochila vital que puede provocar cambios epigenéticos duraderos en sus células reproductivas y producir efectos en su descendencia. Así, un estudio sueco con más de 11.000 hombres demostró que una sobrealimentación paterna cuando era niño (entre los 9 y los 12 años), se asoció con un mayor riesgo de mortalidad por diabetes de sus hijos varones.
“Nuestros hallazgos demuestran que las experiencias de la infancia de un hombre, incluyendo el estrés, la salud física y mental, el entorno y la educación, influyen en su salud durante sus años reproductivos”, sintetiza Danielle Schoenaker, autora de la investigación, en un comunicado.
La edad del padre, un factor clave
La edad del padre también es clave en cuanto a resultados en salud de su descendencia. Los autores citan una investigación en la que concluyeron que la edad paterna avanzada durante la concepción se relacionada con más riesgo de muerte fetal, defectos congénitos, esquizofrenia y trastornos del espectro autista (TEA). Otro metaanálisis también encontró que ser padre por encima de los 45 años se asociaba con más riesgo de TEA.
Los investigadores van un paso más allá de los factores estrictamente biológicos y miran el rol del hombre también dentro de la pareja y su impacto en la salud materna. En esta línea, apuntan, las embarazadas informaron de hábitos alimentarios más sanos cuando las parejas participan activamente en la cocina y las compras, en lugar de cuando ofrecían apoyo más pasivo, como dar consejos.
Y otro ejemplo de la influencia en la pareja: las mujeres que percibían un compañero más comprensivo tenían niveles más bajos de depresión y ansiedad perinatal; en cambio, “los estilos de afrontamiento evitativos de la pareja se asocian con mayores tasas de depresión materna”, aseguran los expertos. Y la cuestión no es baladí, pues la salud mental de la madre durante el embarazo influye en los resultados cognitivos y socioemocionales de la descendencia.
Los investigadores ponen el foco en un elemento que puede convertirse en un círculo vicioso de difícil salida: el desarrollo a lo largo de la vida de las funciones ejecutivas, que son esos procesos cognitivos de autocontrol y adaptación del comportamiento en situaciones estresantes, es fundamental para que una pareja sea comprensiva y afectuosa. Ahora bien, experiencias adversas en la infancia, como pobreza o maltrato, pueden generar un déficit de esas funciones ejecutivas. Y eso se traduce en hombres con menos autocontrol y mecanismos de afrontamiento evitativos, como el consumo de alcohol ante emociones negativas. Esas conductas, a la postre, pueden influir también en la ingesta de alcohol materno y otros comportamientos de riesgo, y conducir a violencia de género. “Los déficits en las funciones ejecutivas pueden aumentar la tensión entre las parejas, incrementando los síntomas depresivos y de ansiedad en las mujeres embarazadas, y los consiguientes problemas de salud física y mental”, apuntan los autores.
La onda expansiva del ciclo vital del hombre sobre la salud maternoinfantil es inmensa. Los autores recuerdan que las experiencias adversas en la infancia contribuyen a desarrollar ansiedad y depresión en la adolescencia, que “persiste hasta la edad reproductiva y se exacerba durante la transición a la paternidad”. En este sentido, un estudio de seguimiento durante dos décadas a hombres adultos encontró que aquellos con síntomas de depresión o ansiedad en la adolescencia, entre los 20 y 29 años tenían cinco veces más probabilidad de reportar malestar psicológico durante el embarazo de su pareja que aquellos sin antecedentes de mala salud mental en la infancia.
El investigador Manel Esteller, experto en epigenética, coincide en que el foco sobre la herencia en la descendencia siempre ha estado puesto en la madre y poco en el padre, pero señala que el impacto en el epigenoma de algunas variables que explora esta revisión son “complicadas de evaluar” y la evidencia es limitada: “La ciencia lo que sigue diciendo es que la madre sigue siendo el factor más determinante para la salud del bebé porque está expuesto a lo que haga en el embarazo”.
El científico, que es jefe del grupo de Epigenética del Cáncer en el Instituto de Investigación del Sant Pau de Barcelona y no ha participado en esta investigación, destaca que “la edad del padre, por ejemplo, importa o que hábitos tóxicos pueden modificar el esperma”, pero va con cautela sobre si algunas experiencias vitales, como el trauma en la infancia, podría generar cambios epigenéticos que heredase la descendencia: “Esas situaciones podrían quedar reflejadas en el lenguaje del ADN, pero es muy difícil de medir. Y luego, para que esto sea transmisible a la descendencia, esos cambios tienen que darse en las células de la reproducción y la evidencia no es tan elevada para demostrar químicamente que eso se produce”, señala.

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