Acostumbrado a vivir en el exceso, a escenas fuera de lo normal, a excentricidades varias en las celebraciones, Joan Laporta festejó de una manera algo extraordinaria su victoria en las elecciones del Barcelona. En realidad tuvo coherencia con su personaje. No esperábamos a un Laporta serio, sosegado en el triunfo. Vimos al presidente que, no queda más remedio, dirigirá el destino culé los próximos cinco años.
En realidad la campaña electoral ha ido en la misma línea. La tranquilidad y la paz que ha transmitido Victor Font ha sido contraria a la extravagancia de Laporta, siempre fuera de sí, extralimitado en la alegría, en el optimismo. Quizá por eso Font no será presidente y ya nunca vuelva a presentarse y Laporta sí lo sea y quiera ser el mejor, el que más hace por el equipo,
Laporta estuvo durante todo el domingo acompañado de todos los jugadores, de leyendas del club. Incluso la viuda de Johan Cruyff votó con él y el ex presidente de la Generalitat Jordi Puyol acudió a su deber con el voto. Fue todo una puesta en escena excesiva. Primero, porque no estamos acostumbrados a ver estas actitudes en unas elecciones y segundo, porque son sólo cuatro equipos los que van a las urnas y en ninguno de los otros vimos estas sobreactuaciones y estos personajes sacados de una película de serie B. Casi ni nos enteramos cuando fueron los últimos comicios de Osasuna, en el Athletic la jornada electoral fue completamente distinta a este gag cómico en el que se convirtió ayer el Barcelona. Y no hablemos del Madrid porque en el club blanco hace tiempo que nadie opta a quitarle a Florentino Pérez la presidencia.
Discuto aquí la valía de Laporta como presidente para llevar por el buen camino al club. La pelota entra y te sitúa arriba en la tabla de la Liga porque los jugadores hacen su trabajo en el campo y porque el entrenador toma decisiones pero no deberíamos confundir buen juego y buenos resultados con buen manejo del club. Fuera de Barcelona casi nadie discute que Laporta sobra pero en el entorno del club y en los socios la figura del presidente es sagrada. Sin darse cuenta de que la imagen chabacana que transmite le hace un daño enorme a la institución.
No hay que olvidar que Joan Laporta fue el presidente que cuadriplicó los pagos a Negreira pudiendo, qué ingenuo soy, haber terminado con todo ello allá por 2003. Es el presidente que, además, afea en plena campaña que el otro candidato mencione el caso, lo más antiético que se ha visto en el fútbol español y por lo que el Barcelona debería haber sido sancionado. Es el de los cortes de manga en la Supercopa, el que sitúa a miembros de su familia en la directiva. Es el presidente populista que gusta a un socio que no ve más allá de lo que pasa ahora en el terreno de juego. Y en el Barcelona hace tiempo que se debería ir más allá pero asumimos que eso en el mundo del fútbol es complicado.
Hasta el 2031 Joan Laporta será el presidente blaugrana. En lo económico tiene la tarea de resolver una deuda astronómica que tiene el club. Pero se ve que al gran Jan eso le da igual. Él convive con sus titiriteros a gusto con que le rian las gracias, le hagan la presidencia cómoda y tenga siempre un público agradecido. Y a periodistas a su favor, claro, que esto no sólo va de la gente. Si no hay crítica, no hay periodismo. Salvo honrosas excepciones eso se terminó en Barcelona hace mucho.

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