Laporta y el nuevo mundo

Hace 11 horas 1

Un grito agudo de vena marcada en el cuello atraviesa la distancia de 30 metros que separa a Joan Laporta, situado en la entrada de su carpa electoral, de una mujer de unos 60 años que se desgañita para llamar su atención detrás de una barandilla de control. “Jaaaaaaan, que t’he votat, Jaaaan!”. Parecidas escenas se repiten una y otra vez desde primera hora de la mañana. Laporta acabará atendiendo todas las peticiones, la de esa mujer y la de miles de culés de todas las edades que se le acercan, le abrazan, le besan. A todo se deja y entrega el líder, que se sabe ganador desde que se levanta de la cama. A las doce de la noche  se confirmará su victoria, corroborando una jornada que desde que sale el sol hasta que se pone desbordará laportismo, movimiento indestructible y camaleónico capaz de sobrevivir con 30 años de edad, pasando de elefante azul a dinosaurio inamovible de Monterroso.

Laporta será presidente cinco años más después de que la masa social del club le haya dado su apoyo de forma masiva. El vínculo entre este abogado de múltiples vidas y el barcelonismo se basa en factores esencialmente emocionales, coordenadas que nadie domina como él. El signo de los tiempos ha virado además a su favor, abraza maneras de desenvolverse y actuar que encajan con su personalidad populista, adjetivo que ya se contempla como un elogio. El mundo se conduce hoy a su modo y le salvó justo a tiempo del olvido.

Joan Laporta sostiene un bebé en sus brazos durante la jornada electoral  

Joan Laporta sostiene un bebé en sus brazos durante la jornada electoral  Joan Mateu Parra / Shooting / Colaboradores

El ganador lo fue desde que se despertó por la mañana

Expansivo para los suyos y abrasivo hacia la disidencia (sea quien sea quien la defienda), Laporta ha conectado con un barcelonismo que le idolatra como parte indivisible del club, interpretando que cualquier crítica a su mandato afecta a toda la comunidad. En paralelo, el otrora espíritu contestatario de los socios se ha ido diluyendo. Jorge Mendes, Pini Zahavi o Darren Dein no penalizan y se aceptan como animales de compañía. Tampoco se castiga la apuesta por un catalanismo pre procés que, en tiempos de efervescencia, su gente perseguía al grito de  traïdors. Ya no.

Las cartas de Laporta eran invencibles. Hansi Flick, Lamine Yamal y la Masia son míos, ha proclamado, y nadie, tampoco Víctor Font, ha sido capaz de contraponer ideas, por muy elaboradas que fueran, contra esa fenomenal combinación. Aquello de “Es la economía, estúpido” funciona para elecciones generales pero no para el Barça. “Es el fútbol, estúpido”, se adapta mejor al escenario real.

La imagen de Laporta omnipresente acompañando a votar a Jordi Pujol en caminador, apropiándose de Sergio Busquets, íntimo amigo de Messi y Xavi, o de cualquier persona que atrajera la atención de las cámaras subraya la irrompible coraza de un ser de energía inagotable e integridad moldeable, enfrentada a un adversario de gesto incómodo entre la multitud. Font ha disputado el partido electoral sin hacer un tackle que levantara a la grada. Su campaña ha sido lineal, solo agitada por la entrevista a Xavi, documento periodístico de gran impacto que tampoco supo rentabilizar. El plebiscito que tanto quería lo ganó Laporta de calle. El voto de castigo no es lo suficientemente sustancial como para mover una coma de la hoja de ruta que detestaba.

Continúa la larga era laportista, más reforzada si cabe. Y con las manos libres para disfrutar del Barça de Flick y del nuevo Camp Nou, sus grandes motores. El tiempo dirá si tendrá voluntad y tiempo para reconciliarse con Messi, con Xavi y hasta con De la Peña, su última víctima. Si digiere la victoria cerrando filas o dando pie a cierta generosidad.

Joan Josep Pallàs

Redactor Jefe de Deportes de La Vanguardia. Antes subdirector de Mundo Deportivo. Colaborador habitual en medios como RAC1, Esport3 (TV3) y Catalunya Ràdio. Autor del libro 'Jugada personal'.

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