Parece una mosca inmóvil, perfectamente visible en una pared. Sus alas están abiertas en una postura extraña, casi teatral. No está muerta, pero tampoco podría decirse que está viva. Ni siquiera es ella la que actúa. En realidad, el insecto es el escenario final de una infección silenciosa: un hongo ha tomado el control de su cuerpo para convertirlo en una fábrica de esporas.
Resulta sumamente perturbador, pero en la naturaleza existen hongos capaces de manipular el comportamiento de los animales. Son organismos que interactúan con los sistemas nerviosos de otros seres de un modo tan preciso que el efecto final se confunde con una forma primitiva de control mental. Sin duda, es una de las caras más inquietantes de la naturaleza.
La mosca que muere de pie
Halo de esporas alrededor de una mosca muerta por Entomophthora muscae
Volvamos a esa mosca inmóvil. El responsable de esa escena es Entomophthora muscae, un hongo parásito de moscas. Cuando una mosca se infecta, el hongo invade su cuerpo y comienza a crecer en su interior. Días después, altera su comportamiento: la obliga a buscar un punto elevado, fijarse a la superficie con las patas y adoptar una postura concreta, con las alas extendidas.
Esa posición no es estética. Es funcional. Permite que, tras la muerte del insecto, el hongo expulse millones de esporas desde el cadáver, maximizando la probabilidad de infectar a otras moscas que pasen cerca. La mosca no ‘decide’ nada: sus circuitos nerviosos han sido, en la práctica, secuestrados.
Hormigas zombis en la selva
Más conocida es la historia de las llamadas hormigas zombis, víctimas de los hongos del género Ophiocordyceps. En las selvas tropicales, una hormiga infectada abandona su ruta habitual, trepa por la vegetación y muerde con fuerza la nervadura de una hoja. Y allí se queda anclada hasta que muere.
Horas o días después, emerge una estructura del hongo que crece como un tallo macabro desde la cabeza del insecto. Desde esa posición elevada, las esporas se dispersan sobre el suelo del bosque, justo donde pasan otras hormigas. Y así, el ciclo se repite.
Se trata de una manipulación bioquímica muy afinada. Estudios recientes sugieren que este hongo no manipula el cerebro de las hormigas como una especie de titiritero. En realidad, libera moléculas que alteran la actividad de ciertos genes en los músculos y el sistema nervioso del insecto. Los cambios afectan su orientación, su comportamiento y su respuesta a los estímulos.
Arañas suicidas
Las arañas, expertas en desaparecer entre sombras, también tienen su verdugo fúngico. Hongos del género Gibellula infectan a ciertas especies y provocan un cambio radical en su conducta: las obligan a salir de sus refugios habituales y a colocarse en lugares visibles, elevados y expuestos.
Para un animal cuya supervivencia depende del camuflaje y el aislamiento, ese comportamiento es prácticamente un suicidio biológico inducido desde el interior. Cuando las arañas mueren, el hongo crece en el cuerpo hasta desplegar sus estructuras reproductivas.
Cigarras que no saben que están muriendo
Y en la categoría de historias de terror corporal no aptas para aprensivos, está la del Massospora cicadina, un hongo parásito de las cigarras periódicas de Norteamérica. Estas cigarras emergen del suelo cada 13 o 17 años en enormes cantidades. Algunas de ellas lo hacen ya infectadas.
El hongo va devorando literalmente el abdomen del insecto, hasta que parte de su cuerpo posterior desaparece. Y, aun así, la cigarra sigue volando, caminando y tratando de aparearse. El hongo produce compuestos psicoactivos —entre ellos sustancias relacionadas con anfetaminas y triptaminas— que alteran el comportamiento del hospedador, volviéndolo más activo y facilitando el contacto con otros individuos, a los que transmite la infección.
Es difícil imaginar una imagen más perturbadora: un animal funcional, en apariencia vivo, sin saber que la mitad de su cuerpo ha sido sustituida por un organismo que se está reproduciendo.
El insecto lanzadera
Para acabar, la historia de los hongos que ni siquiera esperan a que su hospedador muera. En infecciones por Strongwellsea, algunas moscas desarrollan literalmente un agujero en el abdomen. Desde ese orificio, el hongo libera esporas al ambiente mientras la mosca sigue volando. Transporte gratis.
Y llegados a este punto, la pregunta es obvia: ¿podría ocurrir algo parecido con los seres humanos? La respuesta, al menos con los datos científicos que se tienen hasta la fecha, es tranquilizadora: no existe ningún hongo conocido capaz de controlar el comportamiento humano.
Los parásitos fúngicos que manipulan insectos han evolucionado durante millones de años para una tarea extremadamente específica: infectar a una especie concreta, invadir su cuerpo y alterar ciertos procesos biológicos muy particulares. Es una especialización tan extrema que no podría funcionar en otras especies y mucho menos en seres tan complejos como los vertebrados.
En la naturaleza existen infecciones fúngicas que pueden enfermar a las personas, e incluso afectar al cerebro en casos graves, pero ninguna convierte a los humanos en marionetas biológicas. Al menos por ahora, el extraño espectáculo de los hongos que controlan cerebros sólo es perceptible en el pequeño universo de los insectos.

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