La guerra de Ucrania primero, y ahora el conflicto abierto en Irán, ha puesto de manifiesto que el gran reto de la defensa aérea del futuro es combatir de una manera mucho más simétrica el ataque con munición merodeadora, lo que coloquialmente se conoce como drones kamikaze. Un método de ataque que ha llegado para quedarse y que está al alcance ya no solo de países, sino también de grupos terroristas o milicias armadas.
El dron kamikaze por excelencia ahora mismo es el Shahed 136, el arma 'low cost' de Irán con el que ataca con éxito y por saturación a sus vecinos. Su coste está sobre los 35.000 euros. Rusia tiene su propia copia bajo licencia denominada Geran-2, con el que castiga a diario a los ucranianos. Es tan sumamente bueno que hasta Estados Unidos se ha hecho su propia copia por ingeniería inversa, que ha usado estas semanas contra la propia Irán.
En España son varias las empresas que se han puesto a desarrollar soluciones de munición merodeadora. La compañía referencia es Arquimea, que ya ha vendido su dron kamikaze Q-Slam-40 a la Armada y la Infantería de Marina. De la mano de Airbus han probado con éxito, incluso, el lanzamiento de sus drones kamikaze desde el interior de un helicóptero NH90.
La realidad en estos momentos es que el método más habitual para combatir estos drones está siendo, de momento, o el empleo de cazas o de las baterías antiaéreas tradicionales. El problema es el coste que se asume para ello. En lo que a los cazas se refiere, el denominado coste por hora de vuelo (CPFH, por sus siglas en inglés) es un dato complejo porque depende de los factores que se incluyan.
Aun así, los cálculos sitúan esos CPFH en torno a los 30.000-38.000 euros en el caso de los F-35 (5ª gen.); los 18.000-22.000 euros en el caso de los Eurofighter Typhoon (4,5ª gen.); los 14.000-16.500 euros en el caso de los Dassault Rafale (4,5ª gen.); los 11.000-15.000 euros para los F-18 Hornet (4ª gen.); los 8.000-11.000 euros en el caso de los F-16 Fighting Falcon (4ª gen.); o de los 4.500-8.000 euros para los Saab Gripen (4,5ª gen.).
Y a este coste por hora de vuelo habría que añadir los misiles aire-aire de corto alcance que se utilizan para abatir los drones: F-35 (AIM-9X Sidewinder / ASRAAM) en torno a 450.000 euros; Eurofighter (IRIS-T / ASRAAM / AIM-9X) en torno a 400.000 euros; Rafale (MICA IR / Magic 2) en torno a 700.000 euros; Saab Gripen (IRIS-T / AIM-9X / Python 5) en torno a 420.000 euros; o los de los F-16/F-18 (AIM-9X Sidewinder) en torno a los 450.000 euros.
Si hablamos de baterías antiaéreas, los misiles Aster 30 para sistemas SAMP/T están en torno a los 2 millones de euros, mientras los MIM-104 Patriot para baterías homónimas están sobre los 3,7 millones de euros. Mucho más caros aún son, por ejemplo, los disparos de misiles SM-3 que son empleados por los destructores AEGIS de la Marina estadounidense, que están por encima de los 11 millones de euros.
Ante esta ecuación económica cada vez más desfavorable, el reto está en encontrar alternativas para interceptar drones con costes mucho menores. Una de las principales líneas de trabajo pasa por desarrollar sistemas de defensa aérea de muy corto alcance capaces de derribar munición merodeadora con munición convencional o con proyectiles programables, cuyo coste por disparo es miles de veces inferior al de un misil interceptor.
En este campo están ganando protagonismo los cañones automáticos de 30 y 35 milímetros con munición airburst, diseñados para detonar cerca del objetivo y generar una nube de fragmentos. Sistemas de este tipo permiten crear una barrera defensiva eficaz contra enjambres de drones y el coste de cada intercepción puede situarse en apenas unos miles de euros.
Otra línea de desarrollo que está despertando gran interés es el uso de armas de energía dirigida, especialmente láseres de alta potencia. Estos sistemas permiten destruir sensores, alas o sistemas de navegación de drones mediante un haz concentrado de energía. Su gran ventaja es económica: una vez desplegados, el coste de cada disparo puede reducirse a apenas unos pocos euros en electricidad.
La guerra electrónica también se ha convertido en una herramienta fundamental frente a la amenaza de drones baratos. Muchos de estos aparatos dependen de enlaces de datos o señales de navegación por satélite para operar. Sistemas capaces de interferir o suplantar estas señales pueden provocar que el dron pierda el control, cambie de rumbo o incluso caiga sin necesidad de emplear ningún tipo de interceptor.
Otra solución en desarrollo son los llamados drones interceptores. Se trata de pequeños vehículos aéreos diseñados específicamente para perseguir y destruir otros drones. Su coste es mucho menor que el de un misil y muy similar al de un dron kamikaze, y pueden desplegarse en grandes cantidades.
La tendencia actual apunta además hacia arquitecturas de defensa aérea multicapa, en las que diferentes sistemas actúan de forma coordinada según el tipo de amenaza. En este esquema, los misiles caros quedarían reservados para objetivos de alto valor, como misiles balísticos o aviones de combate, mientras que drones y munición merodeadora serían neutralizados mediante sistemas mucho más económicos. Un ejemplo de ello es el sistema europeo SkyDefender recientemente presentado por Thales.
En definitiva, el auge de los drones kamikaze está obligando a replantear la lógica tradicional de la defensa aérea. La prioridad ya no es únicamente interceptar cualquier amenaza, sino hacerlo de forma sostenible desde el punto de vista económico. La capacidad para destruir un dron barato sin gastar un misil millonario se está convirtiendo en un factor decisivo.

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