Existen diferentes formas de denominar al futbolista según el país. En el Reino Unido, Alemania, Francia, Italia, Croacia, Argentina y muchos lugares más se les conoce por el apellido —siempre y cuando sean originarios de allí, claro está—, mientras que en España, Portugal o Brasil se practica un gran eclecticismo nominativo, pues se emplean indistintamente el nombre de pila —por ejemplo Raúl, Cristiano o Neymar—, el apellido —Iniesta, Cubarsí, Militao...—, el diminutivo —Xavi— o el apodo o nombre de guerra (Deco, Pelé...). Pero en el Real Madrid de mediados de los años 60 ocurrió un hecho curioso que alteró durante unos meses esa libertad identitaria que ha existido siempre en nuestro fútbol.
Si se repasan las alineaciones del conjunto merengue en los periódicos de 1964 y 1965, uno puede encontrarse con la presencia de dos futbolistas que, pese a lo común de sus apellidos, nos resultan del todo punto desconocidos: Suárez y Martínez. ¿Quién demonios eran, y por qué desaparecen de pronto: lesionados de gravedad, traspasados o sencillamente tragados por la tierra? El misterio les envuelve, aunque su papel en el club blanco sea muy dispar, pues mientras que Suárez es nombrado en contadas ocasiones, Martínez es titularísimo indiscutible desde el preciso momento de su aparición, jugando domingo tras domingo. Pero en realidad no existe tal misterio, pues ambos futbolistas —y sobre todo uno de ellos— van a ser conocidos también, y finalmente, por sus respectivos apodos: Pipi y Pirri.

¿Qué ocurrió en la Casa Blanca para que a ese par de jugadores les cambiasen el nombre con el que eran presentados al público, tanto en las páginas de la prensa como en la megafonía del estadio? Pues sencillamente que a alguien en el propio Real Madrid, posiblemente al mismísimo Santiago Bernabéu, le pareció que ambos apelativos eran más propios de unos perritos que de unos jugadores del principal club del país y uno de los más importantes del mundo, así que de un plumazo Pipi se convirtió en ‘Suárez’, y Pirri en ‘Martínez’, aunque en el caso del segundo, su inmediato y extraordinario rendimiento deportivo le supondría mantener —e inmortalizar— aquel familiar apodo acuñado en su Ceuta natal, derivado del cariñoso ‘Pepirri’.
El ceutí
José Martínez ‘Pirri’, nacido el 11 de marzo de 1945 en la ciudad norteafricana, no necesita presentación, incluso para las generaciones más jóvenes de aficionados. Es una de las grandes leyendas del Real Madrid, jugador del primer equipo durante 16 temporadas —entre 1964 y 1980—, y posteriormente médico y secretario técnico del club blanco, cuya presidencia de honor ostenta en estos momentos, habiendo sucedido en ella a monstruos sagrados como Alfredo Di Stéfano, Amancio Amaro o Paco Gento. Todocampista poderoso, y eximio representante de aquello que se dio en llamar la Furia española, era un chaval que estudiaba para aparejador en Granada, y los domingos jugaba en el club de Los Cármenes, llegando al Bernabéu con 19 añitos, a lomos de un físico portentoso donde destacaban tanto la cuadratura de sus hombros como el detalle de unas orejas notoriamente despegadas.

El asturiano
En cuanto a Alberto Suárez Suárez (1938-2001), conocido futbolísticamente como Pipi, había nacido en San Frechoso, cerca de la localidad asturiana de Sotrondio, en plena cuenca hullera del Nalón. Tenía siete hermanos, y a temprana edad va a perder a su padre en un accidente minero. Huérfano, por lo tanto, el Ministerio deTrabajo —a la sazón comandado por José Antonio Girón de Velasco— va a concederle una beca, gracias a la cual ingresará como alumno interno en un centro docente de capacitación profesional de Málaga, situado en el popular barrio de El Palo y regido por la Iglesia, el Instituto Católico de Estudios Técnicos (ICET), donde va a obtener el título de Maestría industrial a los 17 años. Pero aun le tiraba más el fútbol, y un año más tarde debuta en las filas del club de La Rosaleda, en Segunda División, donde pronto se convertirá en su figura más descollante. No poseía un físico precisamente exuberante, pero sí buena técnica individual y una gran visión de juego, y alcanzaba notables registros goleadores, habitualmente desde la posición de interior derecho. Con el conjunto malacitano se estrena en Primera en la temporada 62-63, y a pesar de que el conjunto blanquiazul no logra la permanencia, va a llamar la atención de todo un Real Madrid, que procede a su fichaje.

Un rebelde pionero
Pero en el conjunto merengue no le van a salir bien las cosas. Para empezar, en su puesto —tanto de interior derecho como en la izquierda— la competencia era feroz, pues por allí se movían Amancio, Félix Ruiz, Puskas y posteriormente el propio Pirri, y además las lesiones van a cebarse en él. De hecho, Pipi tan sólo llegará a disputar 12 partidos oficiales con el Real Madrid, marcando tres goles. De modo que en 1965 se marcha al Sevilla. En sus dos primeras temporadas en Nervión sin ser titular se alinea con cierta asiduidad, pero en la tercera, la 67-68, un nuevo entrenador le margina y el futbolista responde con unas duras declaraciones hacia el técnico. Es expedientado por el club, que pide su inhabilitación por dos años, y al final de esa campaña cuelga las botas, aunque sin descartar la posibilidad de volver con otros colores, cosa que al final no ocurriría
Pipi va a demandar al Sevilla, reclamándole el pago de una cantidad que estima que se le adeuda. Y lo hace contraviniendo lo estipulado por el Reglamento de Jugadores entonces vigente, que no consideraba al futbolista profesional como trabajador por cuenta ajena, situándole en una especie de limbo legal, y por lo tanto también le negaba el derecho de acudir a la justicia ordinaria —en su caso la Magistratura de Trabajo— para defender sus derechos cuando consideraba que estos eran vulnerados. Su caso lo llevará un antiguo colega andaluz, ahora abogado y profesor universitario, José Cabrera Bazán —con posterioridad político en las filas del PSOE—, que en 1971 consigue una sentencia histórica que sentará jurisprudencia, en la que se reconoce que el futbolista que ejerce su trabajo y recibe por ello una remuneración económica es un profesional con todas las de la ley, con los mismos derechos y obligaciones que cualquier otro asalariado, independientemente de sus ingresos.

Alberto Suárez, Pipi, fue de este modo un pionero en las justas reivindicaciones de los futbolistas profesionales, que unos años más tarde comenzarían a ser reconocidas. Al margen de los terrenos de juego se ganó la vida abriendo varias tiendas de material deportivo en la ciudad de Málaga, formó una familia, y se granjeó el cariño y la admiración de sus vecinos, falleciendo prematuramente a los 63 años de edad.

Y volviendo a los nombres… en 1967, Di Stéfano, en su primera experiencia como entrenador, tuvo a sus órdenes en el Elche a un jugador conocido como Poyoyo, un apelativo a todas luces fascinante pero que Don Alfredo quiso convertir en un prosaico ‘Rodríguez’. En esa misma plantilla figuraban Curro y Vavá, pero a la Saeta Rubia debió parecerle que sus apodos sonaban menos obscenos, más respetables, y los indultó. Pero la jugada no prosperaría, pues los malos resultados le expulsaron ipso facto del banquillo de Altabix.

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