Las elecciones en el Barça, y en los tres clubs restantes que se rigen por el sufragio de sus votos, siguen la más simple de las narrativas. Se convocan cuando las crisis se vuelven insondables o los resultados del equipo favorecen al presidente de turno. Cabe otra posibilidad: el término legal del mandato, que en este caso sería de cinco años. Rara vez se produce. Laporta ha aprovechado los éxitos del equipo y el tirón popular de Hansi Flick para convocar unas elecciones a la medida de sus expectativas.
En las elecciones de 2003, Laporta apareció en el fútbol como una garantía de juventud y modernidad, aunque no le importaba trampear los mensajes a la manera de los célebres presidentes de los años 90, los Gil, Lopera y compañía. Ganó porque el barcelonismo exigía un viraje radical en los estertores del nuñismo. Cuatro sin oler un título resultaban insoportables para la hinchada.
Para garantizarse la victoria, Laporta sólo necesitaba un pelotazo mediático. Luego presumió de Ronaldinho, pero cinco días antes de los comicios eligió a Beckham como bandera, aunque el jugador inglés estaba más que fichado por el Real Madrid. Por si acaso, como tantas veces ha ocurrido desde entonces, Florentino Pérez guardó un silencio favorable a Laporta, caso Olmo incluido.
Un día después de la victoria, el Real Madrid anunció el fichaje de Beckham, ruinoso en el capítulo deportivo. Abrió la puerta a la llegada de Ronaldinho al Barça. Desde entonces, Laporta se ha bandeado con más astucia que coherencia narrativa. Salvó el pellejo por muy poco en la moción de censura de 2008, cerró su primer ciclo en 2010, se dedicó a la política con más ruido que éxito y olfateó la posibilidad del regreso a la cancillería del Barça en enero de 2015, momento de la crisis que obligó a Josep María Bartomeu a convocar elecciones a seis meses vista.

El caso es que el equipo,dirigido por Luis Enrique, con Messi, Luis Suárez y Neymar en el frente de ataque, ganó el triplete y volteó la crisis en un pispás. Bartomeu obtuvo el 54% de los votos; Laporta, el 33%. Tan importante como el resultado fue la constatación de un laportismo tan latente y sentimental como el nuñismo. Llegado el momento, no dudaría en utilizar esa gruesa bolsa para regresar a la palestra.
El imponente Barça de 2015 rescató a Bartomeu de una derrota que parecía segura. Son los resultados deportivos los que, por lo general, mandan en las elecciones. Cuando la crisis económica y deportiva, devoró a Bartomeu en la pandemia, Laporta aplicó al instante su profundo conocimiento de la psiquis del hincha común.
Surgió en aquellas fechas la figura de Víctor Font, acreditado empresario, voz novedosa en el planeta Barça, lejano al ruido mediático, serio en las maneras, enemigo del populismo, apoyado por Xavi, una leyenda en toda regla. Era el candidato del rigor. Antes de que Font pudiera respirar, Laporta colocó una pancarta que cubría los 13 pisos de la fachada de un edificio aledaño al Bernabéu. “Ganas de volver a veros”, rezaba la sábana, a la que Florentino no encontró ningún inconveniente. Volvió a guardar silencio. Quería un fiel pasajero en la operación Superliga.
La pancarta y el presunto acuerdo con Messi –“Eso se resuelve en un asado”, declaró Laporta– convirtió el debate electoral en un trámite. En todo caso, se observó un considerable porcentaje de apoyo a Font, el 30% del electorado, insuficiente para ganar, pero más que potable para articular una firme oposición.
Como en tantas cosas prometidas (Messi, Superliga, plazos de cumplimiento en las obras del estadio, 1:1 en el fair play financiero, etc), la realidad ha sido muy distinta, frustrante para muchos socios, a la anunciada por Laporta, pero, en contra de las previsiones, el equipo y la exultante irrupción de Lamine han recuperado para el Barça el lugar que le corresponde en el concierto mundial del fútbol. Esta vez no ha necesitado piruetas tipo Beckham o gigantescas pancartas junto al Bernabéu. En estas elecciones ha preferido que los recientes éxitos del equipo hablen por él.

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