Los mercados financieros, que han propulsado el precio del barril de petróleo hasta los 100 dólares, le han dado a Trump unos días para que encuentre una salida al conflicto de Irán. Si no lo hace, los precios pueden incluso doblar.

El periodista Bob Woodward, en su libro sobre el primer mandato de Donald Trump, Miedo. Trump en la Casa Blanca , explica cómo uno de los objetivos de Gary Cohn, asesor económico del presidente, era impedir que firmara órdenes absurdas o peligrosas. Trump tomaba decisiones de forma compulsiva que escapaban al sentido común o que podían provocar un incendio en cualquier rincón del planeta. El entorno del presidente era tan consciente de ello que su trabajo consistía en retrasar la firma de los documentos. O hacerlos desaparecer para que no los firmara.
Woodward cuenta que un día de 2017 Trump se levantó irritado con Corea del Sur porque Estados Unidos tenía un déficit comercial del 15% con el país asiático. Conclusión: decidió retirarse del acuerdo de libre comercio que mantenía con ellos. El problema era que Corea del Sur era un aliado crítico de Estados Unidos, con 28.000 soldados sobre el terreno, dique de contención del imprevisible vecino del norte. La orden nunca se firmó.
La manera de funcionar de la Casa Blanca en aquellos años era disfuncional. Pero después de ver cómo se comporta el presidente con la guerra de Irán, sus continuas contradicciones, aquel era el óptimo que permite un político como él. Trump decidía muchas cosas. Se olvidaba de ellas. Las aparcaba y las retomaba más adelante. Era vagamente consciente de que no todo lo que decía se acababa ejecutando. Sospechaba. Y por ello se hacía acompañar de su yerno, Jared Kushner.
Cuando Trump regresó a Washington en enero de 2025, sus fieles advirtieron que habían aprendido la lección. No se iban a dejar engañar por el deep state . Adiós a quintacolumnistas como Gary Cohn (ex presidente de Goldman Sachs, contrario al proteccionismo), o profesionales prudentes como Mark Milley, jefe del Estado Mayor, que acabó por calificar a Trump de dictador.
Su lugar lo iban a ocupar individuos arrogantes como Stephen Miller, asesor de políticas de seguridad, o Pete Hegseth, ex presentador de la Fox convertido en secretario de Defensa. También se deshicieron de diplomáticos de carrera para reforzar el papel en los conflictos exteriores del propio Kushner y de Steve Witkoff, amigo del presidente, con los que le une el mismo lenguaje.
-¿De dónde sacó usted que Irán les iba a atacar? -le preguntaron los periodistas al presidente.
-Me lo dijo Kuhsner -respondió él.
La depuración de profesionales en las áreas de política exterior, seguridad y ejército explican el mal cálculo de Washington en la guerra de Irán. Eso y el narcisismo de Trump, su incapacidad para pensar más allá del corto plazo. Y aun así, sorprende cuánto infravaloraron unos y otros la respuesta de Irán, el no imaginar que el régimen de los ayatolás, descabezado y malherido, podía utilizar el Estrecho de Ormuz para poner en jaque a Occidente. China, curiosamente, fue más previsora: en los meses de enero y febrero, a medida que la temperatura militar en la región aumentaba, importó mucho más petróleo de lo habitual, por si las moscas.
El conflicto puede verse como una mini guerra mundial por el alto número de países implicados
La periodista libanesa Kim Ghattas ha bautizado la guerra como una Mini Guerra Mundial. Ha implicado un montón de países. Ha reavivado conflictos aletargados como el de Chipre. Ha martirizado de nuevo al Líbano y ha acelerado la obsolescencia de las potencias europeas. Reino Unido, que fue la mano que dibujó las fronteras de Oriente Medio durante un siglo, apenas es una sombra de lo que fue.
También han perdido brillo las monarquías del Golfo, que del petróleo habían dado el salto al turismo y a un lifestyle potenciado por los bajos impuestos. Israel pensó que la tecnología israelí y la energía del Golfo, sumadas y en armonía, iban a dominar el mundo. Hoy lo que más preocupa a Ryad o a Kuwait es cómo hacer las paces con Irán.
La consecuencia más tangible de la guerra para Occidente son los cien dólares a los que se ha encaramado el precio del barril de petróleo y su transmisión a la economía vía inflación. Cien dólares que pueden ser más. Los mercados financieros, a los que Trump está siempre tan atento, suponen que va a dar marcha atrás. Si no lo hace, ese precio puede llegar a los 200.
Escalar la guerra o decir que ha ganado. Ninguna de las opciones es la óptima
Con ello, las opciones que tiene por delante el presidente de EE.UU. son pocas y nada fáciles. Dialogar parece una vía descartada. Es muy difícil negociar cuando lo primero que has hecho es eliminar al jefe del enemigo y que este responda nombrando al hijo del muerto.
Otra opción es la escalada. Dado que los ataques aéreos no alcanzan al núcleo del programa nuclear iraní y el régimen sigue vivo, eso quiere decir entrar por tierra. Es la opción más arriesgada y la que más coste electoral tendría en un momento en el que la popularidad de Trump está ya baja.
También puede dar marcha atrás, proclamar que ha ganado y asegurar que algún día los iraníes se levantarán contra el régimen. Y dejar para Israel el trabajo que queda. Al fin y al cabo Beniamin Netanyahu es quien le ha metido en el avispero y quien tiene en mente culminar victorioso una rivalidad regional que dura 40 años.
Ninguna de esas opciones mejorará el prestigio y el respeto hacia la potencia estadounidense. Menos todavía en ese nuevo mundo que Trump ha ayudado a construir, en el que la fuerza es el principal factor que determina las relaciones entre países. Todo eso sin contar, claro, que, si sobreviven, lo primero que hará la Guardia Revolucionaria iraní será acelerar la carrera por el arma nuclear.

Redactor jefe de Internacional

Hace 1 día
3






English (US) ·