Es interesante recibir hoy una postal de la Primera Guerra Mundial con sensaciones escritas a pluma que nos servirán para la Tercera Guerra Mundial: el futuro será más negro si lo imaginamos de color blanco

La encontré perdida en un rastro y nunca imaginé que me llevaría tan lejos. Era la libreta sentimental y militar de un recluta del ejército francés, Josep Dardichon Fàbregas. Nacido en Barcelona el 12 de junio de 1886, era hijo del francés Émile Dardichon, del textil, y de la catalana Miquela Fàbregas.
Catalán y catalanista, tenía nacionalidad francesa y en Francia debía cumplir el servicio militar. Escribió y garabateó la libreta, en catalán prefabriano y francés, entre 1906 y 1907. “Joseph Dardichon Fabregas. Soldat al Regiment n. 12 Compañia n. 11 a la Ciutadela de Perpiña. (Pirineus Orientals). Fransa”, anotó en la primera página.
Era, siete años antes de 1914, una premonición del suicidio de Europa. En la libreta, el recluta mezcla prácticas de tiro con relatos de amor. Sangrientos cantos de guerra con cuplés picantes. Dibujos del Cu-cut con el número de soldados que Alemania podía sumar en tiempos de guerra. Todo en un mismo cóctel: en un relato de amor apasionado, escribe que ella “se desnuda y se mete en la cama” y la frase roza el dibujo de la trinchera que le enseñan a cavar.
Lo más revelador de esta libreta es el roce entre la pulsión sensual (y sexual) que le sale del cuerpo y la rigurosidad militar que el ejército francés intenta meterle en el mismo cuerpo. Él sólo concibe una forma de morir: por amor a otro cuerpo humano. Y el ejército francés le subraya que la forma más sublime de morir es por amor al cuerpo del Estado: en el campo de batalla.
La libreta contenía una inesperada bala final. Una carta doblada y colocada en la última página, fechada diez años después en Barcelona, el 17 de agosto de 1917. Está firmada por el cónsul de Francia en Catalunya y dirigida a “madame Dardichon”, en Mollet.
“Tengo el honor de hacerle llegar, en pliego separado, un diploma referente al sargento Josep Dardichon del 238 regimiento de Infantería, muerto al servicio y en la defensa de Francia. Le agradecería que devolviera, debidamente firmado, el recibo que le adjuntamos. Reciba, señora, mis saludos más distinguidos”. Así es la guerra: un diploma a cambio de una vida. Pavana [burocrática] para un recluta difunto.
Estiré de su hilo vital en los archivos franceses y averigüé que lo mataron los alemanes –¿o lo mató Europa?– en un coletazo de la ofensiva del Somme.
Narré lo que pude rescatar de su historia en estas páginas, el mismo día en que, cien años atrás, había estallado la Primera Guerra Mundial.
Y ahí quedó la cosa.
Ahora, de repente, doce años después recibo una postal del soldado Dardichon. Está escrita desde la Primera Guerra Mundial y podía estar escrita hoy desde el Donbass o el Pérsico.
La pone en mis manos, amablemente, una descendiente indirecta del soldado, Maria José Surribas, que conserva cuatro fotografías y once postales enviadas desde la Francia en guerra.
En una de ellas –escrita a su cuñado el 15 de abril 1915– me llaman la atención dos párrafos, quince líneas cargadas de optimismo. La postal está ilustrada con cañones franceses de 75 mm, la pieza de artillería más revolucionaria de la Primera Guerra Mundial.
“El otro día los alemanes probaron de atacar nuestras trincheras –explica el soldado Dardichon–, pero nuestros cañones 75 tiraron dentro de las filas enemigas causando una verdadera carnicería, en un campo de 500 metros de ancho había más de 150 muertos!”.
“Los estamos golpeando más fuerte de lo que nadie ha golpeado desde la Segunda Guerra Mundial”, acaba de afirmar Trump de los iraníes.
“¡Tengo la impresión –seguía escribiendo el soldado en la postal de 1915– de que la guerra acabará pronto, dentro de un par de meses! Austria y Hungría pagarán los platos rotos”.
“Esto es una excursión, una excursión corta”, dijo Trump el jueves al definir la Tercera Guerra del Golfo.

Lo más corto en este tipo de excursiones suele ser la vida. Cuando escribió la postal, al soldado Dardichon sólo le quedaban 544 días de existencia. Salió de las trincheras de Vermandovillers con la bayoneta calada el 10 de octubre de 1916. Tenían órdenes de avanzar cinco kilómetros. Y los avanzaron: arrebataron a los alemanes los bosques carbonizados de Chaulnes y Ablaincourt. Pero él, ya con el grado de sargento, cayó avanzando, como cayeron cincuenta de sus soldados.
Cada cien metros hacia ese objetivo le costó a Francia una vida. ¿Cuántas vidas por barril de petróleo nos costará esta guerra?


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