Les escribo con una semana de resaca emocional tras los Premios Mujer Fearless. Ya saben que, después de estas noches, uno queda en una especie de estado extraño entre la euforia, el cansancio y esa sensación de haber vivido algo bonito que tarda unos días en asentarse. Aprovecho, además, para agradecer el cariño y el apoyo de todos mis compañeros de La Crónica Rosa, que estuvieron allí acompañándome y celebrándolo conmigo mientras le entregaban el premio a Alaska (qué suerte tengo de seguir creciendo y aprendiendo de los más grandes).
En medio de esa resaca, hace tres semanas, comiendo con Mar Flores, le confesé algo que venía repitiendo desde hacía meses. Que yo tenía a Cupido en reanimación. Ni muerto ni vivo. En observación.
Las cosas de la vida son caprichosas porque, contra todo pronóstico, Cupido sobrevivió. Y no solo sobrevivió, sino que volvió a hacer de las suyas.
El otro día, precisamente Mar, al ver mi foto de perfil en WhatsApp, me escribió que ya veía que Cupido había vuelto a vivir. Me hizo mucha gracia porque la foto es con Lázaro Rosa-Violán y creo que ni siquiera le había reconocido. Tuve que aclararle inmediatamente el malentendido. No, por Dios. Lázaro es mi padrino profesional y también, con el tiempo, se ha convertido en mi padrino espiritual. Si Cupido y Dios quieren y algún día me caso, no descarto entrar con él en la iglesia.
De hecho, ahora mismo llevo unos Lanvin suyos que me regaló en Barcelona, entre otras cosas, porque a él le quedaban pequeños. Y debo decir que llevar los zapatos de Lázaro en los pies tiene algo curioso. Son tan Lázaro que es casi como caminar con un pequeño pedazo de esa mente suya, esa mezcla de intuición, estética y genialidad que luego convierte en espacios.
Y hablando de espacios, aprovecho para lanzar una pequeña bala a favor de Íñigo Onieva. Estos días sus declaraciones han circulado bastante descontextualizadas. El titular, es verdad, no fue especialmente afortunado. Pero, conociéndole, estoy bastante segura de que en ningún caso pretendía insinuar que el público latinoamericano no fuera bienvenido. Lo que quería expresar era algo mucho más sencillo: que un club en Madrid funcione como lo hace esta ciudad, con ese equilibrio maravilloso entre lo local y lo internacional. Madrid siempre ha sido precisamente eso. Y quien haya estado en Club Vega, diseñado por Lázaro Rosa-Violán, entenderá perfectamente a qué me refiero.
En medio de todo este pequeño torbellino social y mediático, Cupido decidió intervenir con su particular sentido del humor. Y así apareció JJ.
JJ es arquitecto, alto, guapo, joven, fuma puros, le gustan los toros y, lo que hoy en día empieza a ser una cualidad extraordinaria, es bastante normal. El único pequeño inconveniente es que, antes incluso de conocerme, ya había leído un artículo mío sobre un asunto aparentemente trivial pero profundamente revelador. Los calzoncillos masculinos («Boxers o los otros»).
En aquella columna yo defendía la superioridad estética de los boxers de tela, esos que tienen algo de pijama de verano, algo de camisa oxford convertida en ropa interior y algo profundamente doméstico, casi aristocrático. Los hombres que los llevan siempre me han parecido una especie en extinción. Tipos que entienden que incluso en la intimidad hay una pequeña estética de la vida cotidiana.
Pues bien, JJ pertenece exactamente al bando contrario.
Y lo más admirable es que me lo advirtió con absoluta serenidad. Casi con espíritu científico. Según él, los suyos son simplemente más prácticos, más funcionales, más racionales. Me dio toda una explicación técnica que incluía palabras como sujeción, ergonomía y comodidad térmica. Lo cual me pareció profundamente masculino. Porque al final uno descubre que los hombres no ven los calzoncillos como un símbolo cultural ni como una extensión estética de su personalidad. Para ellos son simplemente… calzoncillos.
Ahí fue cuando JJ introdujo su gran teoría vital. El estoicismo. Según su explicación nada es bueno ni malo en sí mismo. Todo depende del contexto. Las cosas simplemente son.
Sin embargo, el verdadero conflicto entre JJ y yo no fueron los calzoncillos. Fue el aire acondicionado. Debo reconocer que su teoría tiene cierta lógica filosófica. Marco Aurelio probablemente habría tenido muy poco interés en debatir sobre tejidos, patrones o estética íntima.
Los que me conocen saben que pertenezco a una civilización muy concreta. La de los dieciocho grados. JJ, en cambio, sostiene que el aire acondicionado es completamente innecesario. Ni abrir la ventana ni poner el aire.
Yo intento explicarle que el estoicismo puede ser muy útil para afrontar el destino o algunos errores vitales, pero que quizá no debería aplicarse a la climatización doméstica. Aunque pensándolo bien tal vez Marco Aurelio tenía razón. El estoicismo consiste en aceptar aquello que no depende de nosotros.
Y parece bastante evidente que los calzoncillos de un hombre y su relación con el aire acondicionado pertenecen exactamente a esa categoría.
Cupido, al parecer, también lo tiene bastante claro.

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