Los opositores de Irán se debaten entre aceptar o rechazar las bombas de EE.UU. e Israel

Hace 1 día 3

Este fue el ataque de ayer. Es una comisaría de la policía de tráfico”, señala Maryam, de 47 años, al pasar frente a un edificio con el lado izquierdo destruido.

Pasadas casi 24 horas, los operarios siguen recogiendo escombros y los fogonazos de las explosiones están marcados en la intercepción de dos importantes avenidas sobre la que se levanta la comisaría. Al menos un conductor que pasaba por allí murió, según los servicios de emergencia.

“Estábamos en casa y nos asustamos cuando oímos la explosión, los cristales temblaron. Pero también nos alegramos; celebramos. Son sentimientos encontrados”, dice Maryam.

Ha aceptado hacer un recorrido por su barrio, Tehranpars, en el este de Teherán, uno de los sectores más populares entre la clase media de la capital y con multitud de ciudadanos que en estas décadas se han alejado de la República Islámica.

En los últimos tres meses, Maryam ha sido testigo de la peor represión de los últimos cuatro años, especialmente violenta en este sector de la ciudad, y de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. “Hemos pasado por muchas emociones, por mucha tristeza y por mucho miedo, pero todavía tengo esperanza de que algo pueda cambiar”, dice.

El jueves 8 de enero salió con su esposo a caminar, por las mismas calles que hoy recorre, en apoyo a las protestas contra la situación económica. Aquel día muchas familias como la suya decidieron movilizarse: el llamamiento hecho a la población por el hijo del derrocado sha hizo que muchos tomaran la decisión de salir a la calle.

Lo que pasó después quedará en su memoria para siempre. “Cuando llegué, la gente del barrio había tomado el control de la glorieta y de las calles aledañas. Le habían quitado las armas a los milicianos, a los que dejaron ir, pero dos horas después [las milicias] regresaron con armas grandes. Y empezaron a disparar a todos, especialmente en el rostro. Vi a muchos morir, incluido una pareja joven”, cuenta Maryam, que, al pasar por el hospital, cuenta que decenas de cuerpos de personas heridas y fallecidas se agolpaban ahí esa noche.

“Mi esposo salió el día después temprano de casa y pasó por la gendarmería, había varios cuerpos tirados al frente del edificio. Habían pintado: que esto les sirva de ejemplo para no volverlo a hacer”, dice Maryam mientras transitamos por unas calles tomadas hoy de nuevo por diferentes patrullas: milicias [los basijis ], diferentes cuerpos policiales, grupos de ciudadanos leales a la República Islámica que han creado puestos de control. Todos van armados.

En el camino, Maryam muestra un edificio público inmenso del que quedan solo columnas de hierro torcida. Una muestra de la gran destrucción que deja cada misil estadounidenses e israelíes. A pocos metros hay un grupo de soldados con uniforme de campaña, con sus morrales y sus armas de camino a un autobús. Como si los estuvieran evacuando de la base.

“La primera noche, cuando se conoció que Jamenei había muerto, mucha gente lo celebró y gritó desde las ventanas: ‘muerte al dictador’, cuenta Maryam, que confiesa que ya nadie se atreve a gritar ni mucho menos a salir a la calle a protestar. Muchos como ella solo salen de casa cuando necesitan hacer la compra.

“Si ese es el precio que hemos de pagar por la libertad, lo aceptamos”, dice Maryam de los bombardeos

Tienen miedo; ya muchos murieron. “Mucha gente en mi calle no se fue de la ciudad para poder ser testigo del desenlace, pero ahora empiezan a dudar de que ellos vayan a caer”, dice la mujer, que todavía está feliz y conserva la esperanza de que las cosas puedan cambiar en Irán. “Ha muerto mucha gente, pero mucha menos de la que murió en las protestas [oficialmemte se reconocen 3.117, pero otras fuentes aseguran que son unos 7.000 y que podrían ser muchos más]. Si ese es el precio que hemos de pagar por nuestra libertad, lo aceptamos”, afirma Myriam de los bombardeos de Estados Unidos e Israel, reconociendo que aceptaría que el hijo del derrocado Sha, Reza Pahlevi, asumiera el control del país hasta que se convocaran elecciones.

En el área central de Teherán, Golnar, de 37 años, también sonríe al preguntarle por los bombardeos, pero se muestra mucho más preocupada que Maryam. “Desde Mahsa Amini [las protestas del 2022 que dieron origen al movimiento Mujer, Vida y Libertad, que ha transformado el país desde entonces] éramos una unidad”, dice tomando un té en una de las pocas cafeterías abiertas todo el día Ramadán. Cuando se refiere a una unidad, se refiere a ese inmenso y diverso grupo social que le gustaría ver el fin de la República Islámica.

“Pero ahora, a pesar de lo que nos pasó en enero, cuando mataron a muchos de los nuestros, hemos vuelto a quedar divididos. Hay amigos con los que ya ni siquiera se puede hablar”, confiesa Golnar, que desde hace años se quitó el velo.

Durante las protestas de enero salió a la calle en su coche todos los días a pesar del peligro. “Muchos apoyan con devoción a Reza Pahlevi sin hacerse preguntas, esos celebran cada bombardeo”, dice Golnar, que continúa enumerando las diferentes posiciones.

Otro sector, explica, está en contra de Pahlavi, pero se divide entre quienes apoyan la guerra y los que se sienten confundidos, porque odian a la República Islámica pero no quieren ver el país destruido y más gente muriendo, como Golnar, a la que le duele profundamente la matanza de las niñas en el ataque al colegio de Minab.

“Otros piensan que lo principal es salvar a Irán y celebran que el país esté resistiendo frente a Estados Unidos e Israel”, afirma Golnar, que cree que, tal como va todo, la República Islámica va a sobrevivir y las consecuencias para todos, especialmente para las mujeres, será “catastrófico”.

“Tengo mucho miedo de tener síndrome de Estocolmo”, dice Mazi, al principio feliz y ahora confundida

Piensa que el nuevo líder es más radical y que, en busca de hacer que la base social del régimen se sienta respaldada, impulsará la represión contra todos aquellos que están en contra de la República Islámica, a los que ya llaman “enemigos”.

Mazi, de 27, dice que en un comienzo fue muy feliz y que ahora está confundida. “Pensé que mi felicidad llegaría cuando él –Ali Jamenei– muriera. Sigo feliz, pero no puedo entender que muchos celebren la destrucción del país”, dice.

Su padre es exmilitar y su madre viene de una familia extremadamente leal al sistema. Desde que tiene 18 años lucha contra su familia para quitarse el velo, trabajar en el mundo del arte e independizarse. “Ahora tengo miedo de las bombas y también de los controles armados y la represión. Últimamente pienso que lo mejor es que el cambio venga de dentro de la República Islámica”, dice, confesando que cree haber perdido “capacidad de pensar”.

“Tengo mucho miedo de tener síndrome de Estocolmo”, dice. Y ha dejado de expresar estos temores a sus amigos porque la mayoría se ponen bravos y le dicen: “¿eres prorégimen?”.

[Todos los nombres de este reportaje han sido cambiados para proteger su identidad].

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