El vuelo supersónico de los Rafale perturbará en breve las cacerías y el sueño de una de las tribus más primitivas de Asia. De nada les servirá apuntar sus lanzas contra el puerto, la ciudad y los rascacielos que se levantarán, allí donde hoy desovan las tortugas. No es ninguna distopía o, por lo menos, no lo es para el Tribunal Verde Nacional, que la semana pasada, en Nueva Delhi, convalidó el “Proyecto de desarrollo de Gran Nicobar”.
La India está decidida a levantar un segundo Singapur en la más remota y vulnerable de sus islas, en las inmediaciones del estrecho de Malaca. Una fantasía desarrollista con puerto de aguas profundas, aeropuerto de doble uso y una ciudad de nueva planta para 350.000 colonos, con central térmica de gas y solar. Un paraíso a costa de otro.
“Es una iniciativa estratégica”, proclama el primer ministro Narendra Modi. “Es una catástrofe ambiental en ciernes”, replica Sonia Gandhi desde la oposición. “No es más que un proyecto comercial con una coartada de seguridad nacional para acallar protestas”, dice el ecologista Pankaj Sekhsaria. Todos ellos tienen parte de razón.
El duelo, en cambio, no está igual de repartido. Se lo llevan crudo los nicobarenses, abocados a la marginación definitiva en la mayor de sus islas. Mientras que una tribu aún más frágil y apenas contactada, los shompen, se juega su extinción.
Se trata de la destrucción de una quinta parte de su isla, 166 kilómetros cuadrados, para convertirla en una ciudadela en el Índico. Con un ojo puesto en la mayor ruta de petroleros del mundo -rumbo a China, Japón y Corea- y una terminal dispuesta para el ingente tráfico y transbordo de contenedores, en sentido contrario.

En una isla algo mayor que Menorca, nada menos que 166 kilómetros cuadrados han sido recalificados, la mitad de los cuales en reservas tribales. La tala de diez millones de árboles forzará a replegarse a dos de los cuatro grupos de shompen, que sumarían en total unos trescientos miembros.
Los nicobarenses, cristianos, aún son mayoria en otras islas del archipiélago, como Car Nicobar. Pero en Gran Nicobar son menos de mil, después de que les pasara por encima el tsunami de 2004. Hoy siguen viviendo como desplazados en dos barrios de casuchas de chapa que debían ser temporales. Los colones del subcontinente indio son seis veces más, concentrados en Port Campbell, una colonia creada en 1965 para militares retirados, en el punto más meridional de India. Su segregación es tal que, cuando el tsunami escupió de sus aldeas a los nicobarenses, muchos colonos creyeron que eran tailandeses.
Al cabo de 21 años, el macroproyecto les arrebata definitivamente varias de sus aldeas abandonadas. Las playas juzgadas como “demasiado peligrosas” para ellos, podrían no serlo tanto para los turistas.
Su puerto, posible eslabón de submarinos, portaaviones, cruceros y buques de contenedores
La piedra de toque es el puerto de aguas profundas, capaz de servir de base a submarinos, portaaviones... y cruceros. Y de forma no menos estratégica, a los mayores buques de contenedores, como eslabón central de una cadena de terminales de propiedad india que abraza desde Haifa, en el Mediterráneo, hasta el nordeste de Australia.
La Ruta de la Seda marítima, china, tiene una alternativa india, con fondeo intermedio en Dar es Salam, Colombo o Vizhinjam (India). El propietario es siempre el mismo, Gautam Adani. El oligarca cuyo ascenso ha ido en paralelo al de su paisano Narendra Modi. Por todo ello, pocos dudan que Adani también aquí se llevara el gato al agua, aunque no haya aún licitación.
EE.UU., a través de una de sus agencias de desarrollo, incluso prestó 553 millones de dólares a Adani -entonces el hombre más rico de Asia- para que el puerto clave de Colombo quedara en sus manos. En realidad, Washington tiene la lupa puesta en el proyecto desde su inicio. Nada más llegar al poder, en 2014, Modi suprimió los planes quinquenales, mientras creaba un organismo llamado NITI Aayog. Este externalizó el plan para Gran Nicobar a la consultora estadounidense AECOM, famosa por la construcción de bases militares y por sus puertas giratorias con el Pentágono.
Nueva Delhi heredó de la India Británica los archipiélagos de Andamán y Nicobar y desde entonces los administra directamente, como un solo territorio de la Unión. La población de origen bengalí y tamil, que ya era numerosa, ha seguido aumentando. La capital, Port Blair, en Andamán del Sur, cuenta con unos 160.000 habitantes.
La población “negrita” andamanesa, diezmada bajo los ingleses, no ha podido levantar cabeza. Tras la construcción de una carretera que atraviesa su reserva, la desnudez de los jarawas se ha convertido en atracción turística. La excepción son los aborígenes de Sentinel del Norte, que repelen con flechas a quien se acerque a su isla.

India protege su aislamiento, consciente del destino catastrófico de los grandes andamaneses, que en el siglo XIX sumaban miles de individuos de 15 lenguas. Hoy sobreviven 36, mezclados y confinados en el islote Strait. Los onge son 140, en vías de indianización, pese a vivir concentrados en Dugong Creek, en la Pequeña Andamán.
Para que no se diga que los aborígenes de Nicobar no tienen voz ni voto, en las últimas elecciones indias se presentó como un símbolo el voto de siete shompen en una urna enviada a tal efecto. Aunque no menos simbólico es que el faro del punto más meridional de India, Indira Point, esté parcialmente bajo las aguas desde el tsunami, en estas islas de gran actividad sísmica. En realidad, hasta los colonos se sienten abandonados, aunque el transbordador de Port Blair haya pasado a ser semanal en vez de quincenal.
Para disuadir a Nueva Delhi, 39 expertos en genocidio y 70 científicos y funcionarios retirados mandaron sus respectivas cartas. Solo sirvió para que la ciudad de nueva planta se limitara a multiplicar 40 veces la población actual, en lugar de 80 veces, en una isla de bosques primigenios, con especies animales que no se encuentran en ningún otro sitio.
El piloto del proyecto de Gran Nicobar, el ministro del Interior Amit Shah, dice que “multiplicará varias veces el comercio mundial”. Se supone que también la inversión, de 8.600 millones de euros.
Pero la India juega con dos barajas y al margen de la apuesta privada de Adani, la empresa portuaria pública invierte en los puertos de Chabahar (Irán) y Sittwe (Birmania). Los nicobarenses, en cambio, se han quedado sin cartas ante la razón de estado. Saben, por lo menos, de dónde les vendrá el próximo tsunami.
Arriba, la presidenta de India, Droupadi Murmu (ella misma, de origen tribal) se fotografió con nicobareses en su visita de 2024 a Indira Point, el punto más meridional de India.

Jordi Joan Baños (Sabadell, 1971) es corresponsal de La Vanguardia en Bangkok. Previamente ha sido corresponsal del diario en Lisboa, Nueva Delhi y Estambul.

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