Hasta hace un tiempo admiraba a un conocido por su capacidad de escribir e-mails de forma original. Cuando los leía me preguntaba: ¿cómo se le había ocurrido esa manera tan especial de conectar con la audiencia? Descubrí que se había ayudado de la inteligencia artificial y mi primer pensamiento fue: “Se esfumó la magia, así cualquiera”. La imagen que tenía de él como alguien creativo había cambiado. Pero empecé a verlo con otros ojos, como alguien audaz, seguramente de los primeros que había conocido que la usaban; simplemente no nos había revelado sus armas.
Detecto dos tipos de comportamientos distintos que definen nuestra relación con la IA: hay quien se llena la boca mostrando lo bien que la usa para echar la culpa a la máquina cuando comete un error, y hay quien oculta que usa la IA por miedo a que se descubra que hace parte de su trabajo.
Prevención
Pregunta a la IA como encargarías trabajo a un becario y supervisa sus respuestas sin dar nada por sentado
La IA está en manos de todos pero bajo el control de nadie. Cada persona puede elegir si usarla y decidir cómo, sin libro de instrucciones más que el propio criterio. Mi consejo como usuaria no avanzada es probarla y experimentar sin pasar del 0 al 100. La IA engancha, anima, te da adrenalina para ir más rápido, pero tiene un punto peligroso: considerar que todo lo que dice es correcto y acertado.
Una vez me dieron un gran consejo: pregunta a la IA como encargarías trabajo a un becario y supervisa sus respuestas sin dar nada por sentado, como si corrigieras el trabajo de una persona poco experimentada. A la IA debemos darle instrucciones, dosificar la información, darle un contexto, explicarle el propósito. Facilita la información muy rápido y esto es una gran ventaja, pero también hay un peligro: nos incita a precipitarnos. Nuestras preguntas no deben ser tan rápidas, deben ser pensadas, estructuradas y tal como la IA aprende, nosotros también debemos aprender cómo interactuar con ella.
Hay quien se resiste a usarla, pero más pronto que tarde será imposible vivir sin ella, por lo que más vale que nos adaptemos lo antes posible, sin miedo, sin vergüenza, al contrario de lo que le pasaba al compañero que escribía esos e-mails, pero con buen criterio: puede ser nuestro asistente, pero
no es nuestra amiga. Hay que usarla con cabeza, no como la pareja de una persona conocida que, cuando se enfadan, recurre a la IA para que le dé consejo y, obviamente, le contesta solamente lo que desea oír.
Y en el contexto de las empresas, no se trata simplemente de implementar una herramienta más, sino de un proceso que hace evolucionar las competencias internas para operar de forma más ágil, eficiente e innovadora y esto, no nos olvidemos, no lo hará la IA sino las personas.

Hace 1 día
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