El nuevo guía supremo de Irán: desafío y guerra de desgaste económico

Hace 1 día 3

Todos los indicios apuntan a que Mojtaba Jamenei seguirá, como nuevo guía supremo de Irán, los pasos de su padre e incluso irá más lejos; sobre todo, porque su nombramiento ha sido respaldado e impulsado por los guardias revolucionarios. La Guardia Revolucionaria ha dado muestras de determinación a la hora de mantener una guerra de desgaste prolongada, dada su convicción de que no existe hoy una salida diplomática realista y que solo la presión económica mundial puede lograr un cambio de opinión en Donald Trump. La nueva-vieja estrategia es, por lo tanto, un desafío estratégico y una guerra de desgaste económico a la economía mundial.

Jamenei hijo, que era el confidente de su padre, conoce bien las complejidades de los poderes que gobiernan Irán de facto. Además de la Guardia Revolucionaria, cabe incluir en ellos las instituciones financieras, los importantes seminarios chiíes de Qom y Mashhad y la red de misiones establecida por el desaparecido guía supremo en todas las organizaciones e instituciones gubernamentales de Irán. El nuevo guía supremo dependerá de la misma larga lista de asesores, comandantes, financieros y expertos en política que tuvo su padre.

Imagen del nuevo líder supremo iraní, Mojtaba Jamenei, ayer en el centro de Teherán.

Imagen del nuevo líder supremo iraní, Mojtaba Jamenei, ayer en el centro de Teherán.Vahid Salemi / Ap-LaPresse

El desconcertante cambio de los objetivos bélicos de Donald Trump oscila entre las operaciones quirúrgicas contra instalaciones nucleares y balísticas, el cambio de régimen y una petición extremadamente peligrosa de “rendición incondicional”. Para el clan Jomeini y la Guardia Revolucionaria iraní, la República Islámica no es solo una causa ideológica, sino también la fuente de los miles de millones de dólares en efectivo y propiedades que poseen en Irán, en bancos de los estados del Golfo y en capitales europeas (en particular, Londres). En ese sentido, no son diferentes de la dinastía El Asad en Siria y del caso de Vladímir Putin y sus acólitos. Con objeto de mantener sus privilegios y propiedades, defenderán el régimen hasta el final. Ya hemos visto que la dinastía El Asad mató a medio millón de conciudadanos y que Putin ha sacrificado a cientos de miles de soldados en Ucrania, donde ahora libra una lucha por su supervivencia política. Es peligrosamente ingenuo suponer que los gobernantes iraníes, que hace apenas unas semanas asesinaron en un par de días a 32.000 jóvenes manifestantes, van a alzar sin más la bandera ­blanca. La petición de una rendición incondicional puede llevar a un régimen ideológico, construido como está sobre la coerción y sostenido, además, gracias a una fortuna procedente de los oscuros ingresos del petróleo, a resistir hasta el final contra una superioridad abrumadora, sin reparar en el coste humano.

El desafío de Irán se hace patente en toda su crudeza con la elección de una figura radical como nuevo guía supremo y con la desautorización por parte de la Guardia Revolucionaria de la declaración realizada por el presidente Masud Pezeshkian según la cual Irán dejaría de atacar los estados del Golfo. También se hace patente con la extensión de la guerra más allá de la región, a zonas de la Unión Europea (Chipre) y la OTAN (Turquía), lo que aumenta el caos regional y mundial que los iraníes están interesados en provocar.

Para seguir con sus privilegios y propiedades, el clan del poder en Teherán se defenderá hasta el final

Además, Irán ha cerrado funcionalmente el estrecho de Ormuz, a través del cual se exporta la mayor parte de su petróleo a China, pese a que ello supone castigar su propia economía. Como ya demostró en el 2019 con el lanzamiento de misiles contra las instalaciones petroleras de Arabia Saudí, cuando Irán cree que no tiene nada que perder en una guerra que considera existencial, el país tiene la capacidad de desestabilizar el mercado mundial del petróleo mucho más de lo que lo ha hecho ahora con su ataque a los yacimientos petrolíferos del Golfo. En su desesperación, Teherán podría lanzarse a fabricar la bomba con la ayuda de los 450 kilogramos de uranio enriquecido al 60% que tiene ocultos, lo cual sumiría la región en una peligrosa carrera nuclear.

Por otra parte, el cambio de régimen no es un desenlace realista en una guerra aérea. El único caso de la época moderna en que se dio ese resultado fue la campaña aérea de la OTAN en 1999 contra las fuerzas serbias en Kosovo, que llevó al derrocamiento de Slobodan Milosevic. Los aliados de Estados Unidos en el Golfo temen que la caída del régimen desemboque en un caos del que surgirían fuerzas radicales. Eso los obligaría a convivir con un Irán vengativo, revisionista y quizás dotado de armas nucleares.

Los aliados del Golfo tampoco desean una aplastante victoria de Estados Unidos e Israel, que dejaría a este último país como hegemón regional expansivo. La región desea tener a Israel como socio, no como hegemón que imponga orden a su antojo en todo Oriente Medio. Y no cabe afirmar que la idea del “derrocamiento de régimen” mediante una intervención externa y un levantamiento popular sea precisamente una noción popular entre las autocracias árabes. Esa es una de las razones por las que los estados del Golfo, encabezados por Qatar, Arabia Saudí y Omán, mantienen intensas conversaciones con funcionarios de la Casa Blanca para promover un alto el fuego.

El hotel Creek Habour de Dubái, Emiratos Árabes Unidos, destruido parcialmente por el ataque de un dron iraní el 12 de marzo 

El hotel Creek Habour de Dubái, Emiratos Árabes Unidos, destruido parcialmente por el ataque de un dron iraní el 12 de marzo Fatima Shbair / Ap-LaPresse

No es que alberguen simpatía alguna por la República Islámica, pero su temor, ahora confirmado, de que iban a encontrarse en primera línea del contraataque iraní los impulsó a realizar gestiones diplomáticas ya antes del estallido de la guerra. Esos estados se encuentran hoy en plena transición hacia una nueva economía independiente del petróleo. La inestabilidad regional y el vuelco radical de su imagen como entorno seguro para los negocios internacionales suponen un duro golpe a su nueva identidad.

El principal problema que plantea en estos momentos la guerra es la amenaza que supone para la economía mundial. El precio del petróleo, que había subido hasta rozar los 120 dólares el barril, cayó el martes a los 91 dólares (y las acciones también se recuperaron, incluidas las de las empresas de gas y petróleo) como resultado de una vaga declaración de Donald Trump sobre el fin inminente de la guerra y también como consecuencia de su decisión de levantar las sanciones a las compañías petroleras rusas Rosneft y Lukoil, en un movimiento desesperado para frenar la subida descontrolada de los precios de la energía. El resultado involuntario es el sacrificio de la causa de Ucrania en el intento de neutralizar la estrategia iraní de provocar el caos económico mundial. Aunque Ucrania es un problema para Europa, y no tanto para Estados Unidos.

La caída de los precios del petróleo podría ser un fenómeno efímero si se prolonga la lógica de la guerra. Hemos visto que Irak ya ha reducido la producción de petróleo en un 60%, como también han hecho Kuwait, Bahréin y Arabia Saudí, cuyas reservas almacenadas crecen rápidamente porque los buques cisterna no pueden llegar a los puertos petroleros del golfo Pérsico. En principio, Arabia Saudí puede contribuir a frenar la subida de los precios del petróleo gracias a una ruta que sortea el estrecho de Ormuz. En efecto, los saudíes tienen una “vía de salida” por el oleoducto de 1.200 kilómetros que se extiende desde Abqaiq, en la costa oriental del país, hasta el mar Rojo. Desde allí, el petróleo saudí puede continuar su camino a través del canal de Suez hasta el Mediterráneo, Europa e incluso Asia. También Emiratos Árabes Unidos tiene un papel que desempeñar, ya que cuenta con un oleoducto que conduce hasta el golfo de Omán, en la entrada del estrecho de Ormuz. Los hutíes, aunque aún no se han decidido a entrar en la guerra, tienen una gran capacidad potencial para dañar esa ruta comercial, como también disponen de capacidades para dañar directamente las instalaciones petroleras saudíes. Parece que esa es también la razón por la que Arabia Saudí y también los demás estados del Golfo aún no se han sumado a la guerra y se conforman con lo que se definen como “operaciones defensivas” contra los ataques iraníes.

El nuevo guía supremo iraní no solo tiene que decidir si activa a los hutíes, sino también si activa un escenario aún más peligroso, Turquía. Hasta ahora, se han registrado dos ataques iraníes contra Turquía, un misil lanzado la semana pasada y otro este lunes, justo después de la elección de Jamenei. En teoría, Turquía, en tanto que miembro de la OTAN, podría haber invocado el artículo 5 del Tratado de la Alianza, que obliga a todos los firmantes a defender a cualquier otro Estado miembro en caso de ataque. Habría podido invocar al menos el artículo 4, que dispone la convocatoria de los miembros de la organización para la celebración de consultas antes de la adopción de cualquier medida de defensa. Sin embargo, Turquía se inclina por mantener una postura “equilibrada”, en la que condena los ataques contra ella y los estados del Golfo, pero declara que no permitirá que su territorio sea utilizado para atacar Irán.

Ankara no tiene intención de invocar ninguna de las cláusulas de defensa mutua de la OTAN, lo cual extendería de manera significativa la guerra con la entrada de fuerzas europeas en la refriega. Turquía, que compra alrededor del 16% de su consumo anual de gas a Irán (incumpliendo con ello las sanciones impuestas a ese país), no solo está preocupada por la pérdida de ese suministro vital de gas. Se enfureció cuando Donald Trump animó a las organizaciones kurdas iraníes “acogidas” en Irak a entrar en campaña en Irán como fuerza auxiliar que colaborara en el derrocamiento del régimen. Erdogan todavía no se ha calmado, ni siquiera después de que Trump declarara que no deseaba ver fuerzas kurdas activas en Irán. Además, Turquía prefiere, como ha hecho en Ucrania, el papel de mediador para poner fin a la guerra y, por ello, no puede unirse a ella.

El sector duro de los ayatolás cree que la presión económica puede ser decisiva en la guerra

De modo similar, también Azerbaiyán, un estrecho aliado de Israel que comparte frontera con Irán, se ha convertido en objetivo de ese país. El jueves pasado se lanzaron cuatro drones iraníes contra el enclave de Najicheván. Azerbaiyán anunció que había frustrado actividades terroristas iniciadas por la Guardia Revolucionaria en su territorio iraní con el objetivo de dañar el oleoducto que se extiende entre Bakú y el puerto turco de Ceyhan, desde donde Israel recibe la mayor parte del petróleo que consume.

Con todo, el presidente azerbaiyano Ilham Alíyev tiene sus razones para no unirse a la guerra contra Irán. Teme que la caída del régimen iraní desencadene una guerra civil en la cual podría verse involucrada la gran minoría azerí del país. También teme que esa circunstancia anime a la mayoría chií de Azerbaiyán, país dominado por gobernantes suníes, a plantear reivindicaciones nacionalistas.

Aparentemente, Irán se encuentra ante una difícil disyuntiva. No tiene interés en involucrar a más países en la guerra en su contra ni en ampliar el teatro militar directo. Sin embargo, tal expansión sirve a sus intereses, puesto que la generación de caos global es un medio de presión sobre Trump para detener la guerra. Jamenei hijo debe decidir qué tipo de guerra es la que le va a servir para su objetivo de supervivencia a partir de ahora. Podría incluso verse tentado a hacer realidad la visión de exportar la revolución islámica por medios económicos.

El nuevo líder iraní tiene que decidir si activa a los hutíes y un escenario aún más peligroso: Turquía

Es evidente que los mentores de Mojtaba Jamenei en la Guardia Revolucionaria consideran que la intensificación de la presión económica puede ser un factor decisivo en la guerra. Y tampoco han abandonado la esperanza de que la presión económica provoque inestabilidad pública entre los vecinos árabes de Irán, como ocurrió en el propio Irán antes de la guerra, cuando las subidas de precios provocaron la ira y las protestas populares. Creen que la desobediencia civil puede surgir en el mundo árabe y servir como otro medio de presión más para lograr que Trump detenga la guerra.

Hay cuatro consideraciones principales en los cálculos de Donald Trump: la próxima cumbre con Xi Jinping, los precios de la energía, la bolsa de Wall Street y las elecciones estadounidenses de medio mandato. Trump intensificará su guerra contra Irán con la esperanza de llegar a la cumbre con China controlando el 30% de las reservas mundiales de petróleo (las de Venezuela y las de Irán). Sin embargo, Irán es un hueso más duro de roer que Venezuela, por lo que Trump podría verse forzado a contentarse con una “victoria” más modesta capaz de crear las condiciones para un mejor acuerdo sobre los ­programas nucleares y balísticos iraníes.

Traducción: Juan Gabriel López Guix.

Shlomo Ben Ami
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