El discurso pronunciado por Ursula Von der Leyen no fue, pese a la pompa institucional de la burocracia bruselense, un ejercicio de liderazgo visionario. Fue el acta de rendici?n de la Comisi?n Europea ante una realidad que se ha empe?ado en ignorar a por una aguda ceguera ideol?gica. Tras a?os de habitar en el confortable limbo de la superioridad moral, Europa ha descubierto que el mundo es un lugar geopol?ticamente peligroso y que el trinomio libertad-seguridad- prosperidad es un activo que se defiende y se cultiva o se pierde.
La tesis central de Von der Leyen -la UE debe convertirse en una potencia militar capaz de garantizar su propia seguridad- es irreprochable en su diagn?stico e hip?crita en su origen. La historia ha regresado con su rostro m?s crudo y la pretensi?n de construir un m?sculo militar sobre un cuerpo econ?mico an?mico es una quimera. El poder militar no nace del vac?o Es una imposibilidad metaf?sica pretender una defensa fuerte y una capacidad de disuasi?n global sin una econom?a vigorosa que sustente ambas. El problema de Europa no es solo la falta de divisiones blindadas; es la erosi?n sistem?tica de los cimientos que financiarlas. Y es aqu? donde el mandato de Von der Leyen ha resultado ser un aut?ntico lastre.
Bajo su liderazgo, Bruselas ha abrazado con fervor religioso toda la panoplia de la filosof?a woke aplicada a la econom?a. Las Directivas y el grueso de la legislaci?n surgida de Bruselas reflejan una pol?tica econ?mica extractiva y paralizante. No se busca facilitar la actividad productiva, sino imponer cuotas, lenguajes inclusivos obligatorios o criterios de gobernanza ideologizados que asfixian a la industria. La eurocracia cree tener el derecho divino de decidir qu? sectores deben vivir y cu?les morir, bas?ndose no en criterios de eficiencia o rentabilidad, sino en su alineaci?n con una ortodoxia que hace imposible la destrucci?n creativa.
El progreso econ?mico exige abrazar el proceso schumpeteriano de destrucci?n creativa. Ello requiere que los recursos fluyan desde las actividades obsoletas hacia las emergentes, un proceso que la Comisi?n ha bloqueado de manera sistem?tica. Von der Leyen se envuelve hoy en la bandera del realismo estrat?gico, pero ha sido su Comisi?n la que ha acelerado el declive relativo de Europa frente a EEUU y Asia. El diferencial de productividad es demoledor. Hace 15 a?os, la econom?a europea era equiparable a la estadounidense; hoy, gracias a la "planificaci?n bruselense", el PIB de EEUU supera al de la UE en un 80% en precios constantes, un 35% en Paridad de Poder Adquisitivo y la productividad en EEUU ha crecido casi el doble de r?pido que en la UE.
Esta deriva intervencionista ha desvirtuado por completo la esencia del Mercado ?nico, un proyecto liberal basado en la libertad de circulaci?n, la competencia y la eliminaci?n de barreras. Bajo el mandato de la actual Comisi?n, se ha transformado en una maquinaria de armonizaci?n por arriba, intervencionismo disfrazado de integraci?n. Bruselas ha confundido la unidad con la uniformidad burocr?tica. El principio de reconocimiento mutuo ha sido sacrificado en el altar de la hiperpaternidad europea.
Los ejemplos son flagrantes. La Ley de Inteligencia Artificial regula una tecnolog?a que apenas ha empezado a desarrollar e impone cargas burocr?ticas que han ahuyentado a gigantes como Meta o Apple. Mientras en Silicon Valley se innova, en Bruselas se redactan multas preventivas. La Directiva de Diligencia Debida convierte a los empresarios en polic?as morales a sueldo de la Comisi?n. Se ha creado un ecosistema donde los incentivos para invertir e innovar son inexistentes.
En este marco, cobra especial relevancia la agenda verde de la Comisi?n, una verdadera religi?n de Estado de car?cter punitivo que ha operado como un programa de desmantelamiento controlado de la industria y de la soberan?a energ?tica. Se ha impuesto una descarbonizaci?n acelerada y dogm?tica que, al encarecer la energ?a, ha dictado la sentencia de muerte para la industria b?sica. Ha funcionado como una suerte de ludismo clim?tico que expulsa el capital hacia jurisdicciones donde la racionalidad econ?mica a?n prima sobre el sentimentalismo ambientalista. Es el suicidio asistido de la competitividad europea.
La filosof?a woke en econom?a se traduce en la priorizaci?n de la redistribuci?n sobre la creaci?n. El resultado es una econom?a que no innova, que no asume riesgos y que, por tanto, es incapaz de sostener el peso de sus propias ambiciones geopol?ticas. No se puede pedir "soberan?a estrat?gica" cuando se est? dinamitando la base industrial mediante mandatos ideol?gicos y una burocracia kafkiana.
El reconocimiento de la realidad es necesario, pero insuficiente si no viene acompa?ado de una enmienda a la totalidad. Europa necesita menos ingenier?a social y m?s libertad econ?mica; menos armonizaci?n asfixiante y m?s competencia real; menos burocracia clim?tica y m?s realismo energ?tico. El tiempo del buenismo regulatorio ha terminado. O Europa abraza de nuevo el capitalismo de libre empresa para recuperar su fuerza econ?mica, o la capacidad de disuasi?n de la que habla Von der Leyen no ser? m?s que un brindis al sol. La realidad es un juez severo y la sentencia para Europa ya est? dictada por las leyes de la econom?a que Bruselas pretendi? derogar.
*Lorenzo Bernaldo de Quir?s es presidente de Freemarket.

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