Dos errores, dos guerras

Hace 2 días 3

Veinticuatro de febrero del 2022. Veintiocho de febrero del 2026. Estas dos fechas quedarán inscritas en los libros de historia. Febrero empieza a ser un mes fatídico. En febrero del 2022 dio inicio la guerra de Ucrania. Cuatro años después, a finales de febrero del 2026, ha dado inicio la guerra de Irán, que en realidad es la ampliación y exasperación de la guerra regional en curso en Oriente Medio. En ambos casos, el error de cálculo ha sido detonante. Dos errores, dos guerras.

El 24 de febrero del 2022, Vladímir Putin creyó posible tomar el control de la capital de Ucrania en tres días, para forzar una rápida rendición del gobierno de Volodímir Zelenski, o su huida al extranjero, muy posiblemente a la vecina Polonia. Con la toma de Kiev (Kyiv, en ucraniano), sería fácil promover un nuevo gobierno prorruso, o cuando menos no hostil a Moscú. Budapest, 1956. Praga, 1968. Kabul, 1979. Kyiv, 2022.

Los ucranianos, sin embargo, no se rindieron. Especialmente entrenadas por oficiales británicos, polacos y norteamericanos, las fuerzas armadas ucranianas supieron hostigar a las columnas de blindados rusos con los misiles Javelin, de fabricación estadounidense. “Dispara y olvida”. Estos misiles no deben ser guiados con rayos láser por el tirador, puesto que se orientan con infrarrojos desde una distancia de más de 2,5 kilómetros. El tirador dispara y puede cambiar de posición inmediatamente. El misil asciende y cae sobre el blindado por arriba, impactando en la parte del carro armado en la que el blindaje es más débil. Esa arma da una gran agilidad al ataque por los flancos. Cada misil Javelin cuesta aproximadamente medio millón de dólares, y los aparatos lanzadores, unos 250.000 dólares la unidad. Se calcula que al iniciarse la guerra el ejército de Ucrania disponía de un millar de mísiles Javelin y de unos 150 aparatos lanzadores.

Los rusos se vieron sorprendidos por la eficacia del contraataque. Desde su victoriosa proeza en la Segunda Guerra Mundial, los mandos rusos seguían creyendo en la primacía indiscutible del carro de combate. El tanque les seguía pareciendo imbatible. Putin sabía que Estados Unidos y la mayoría de los países europeos se pondrían del lado de Ucrania, pero confiaba en la eficacia de la operación relámpago y en la dependencia energética de Alemania, Italia y de diversos países del este europeo. Dependencia del gas y del petróleo rusos. Habría protestas, incluso sanciones, pero se impondría una nueva relación de fuerzas.

La operación relámpago fracasó, como es bien sabido. Estalló una guerra. Alemania no tuvo otra opción que alinearse con el sentimiento mayoritario de la opinión pública europea, alguien hizo estallar los gasoductos submarinos Nord Stream (septiembre del 2022), y la guerra entró en una fase muy espesa. Hace cuatro años que dura y ya ha provocado dos millones de bajas, entre muertos heridos. Una carnicería. Muerte, destrucción, intento de golpe de estado en Rusia (junio del 2023, rebelión de la compañía Wagner), conmoción de todo el norte y centro de Europa, ampliación de la OTAN (Suecia y Finlandia), depresión de la economía alemana, fibrilación de toda la Unión Europea.

Un alto oficial de los servicios de inteligencia, Serguéi Narishkin, director del Servicio de Inteligencia Exterior, intentó advertir a Putin de que la invasión podía ser un error y fue humillado en público en una reunión televisada del Consejo de Seguridad. Cuatro años después, Narishkin sigue en su puesto. No así varios generales sospechosos de apoyar el intento de golpe de mano de la compañía Wagner contra los altos mandos del ministerio de la Defensa. El jefe de esa peculiar y poderosa compañía de mercenarios, el intrigante Yevgeny Prigozhin, ya no está en este mundo para contarlo. La compañía Wagner ha dejado de existir con ese nombre.

28 de febrero del 2026. Hace hoy quince días, un fulgurante ataque de Estados Unidos e Israel descabezaba el régimen iraní e intentaba repetir en ese país la Operación Venezuela de principios de enero. En Caracas, un comando especial de los Estados Unidos logró secuestrar al presidente venezolano Nicolás Maduro y a su esposa, para someter al gobierno descabezado al dictado de Washington sin promover, de entrada, un cambio político. Maduro se halla hoy encerrado en una cárcel en Nueva York. Delcy Rodríguez encabeza ahora el gobierno, obedeciendo las directrices básicas de Washington en lo que se refiere al petróleo. Se acabaron las exportaciones de petróleo venezolano a China sin el dólar como medio de pago.

El éxito de la Operación Venezuela entusiasmó tanto a Donald Trump, que parece haber querido repetirla en Irán. Descabezar al régimen iraní, asustar a los supervivientes, negociar con un nuevo jefe propenso al pacto, y tomar el control estratégico del petróleo iraní, con el consiguiente cambio de la relación de fuerzas en Oriente Medio. Intentar el secuestro de Alí Jamenei era demasiado arriesgado, seguramente imposible de llevar a cabo. El plan era matarlo. Localizaron su ubicación cuando participaba en una reunión con parte de la cúpula del Estado en un edificio oficial de Teherán y arrasaron el inmueble desde el aire. Jamenei murió, pero el régimen no se ha rendido. Ellos también tenían un plan

El éxito de la Operación Venezuela entusiasmó tanto a Donald Trump, que parece haber querido repetirla en Irán

Las fuerzas armadas iraníes, encabezadas por el cuerpo de los Guardianes de la Revolución, un ejército paralelo con cerca de 200.000 efectivos, disponían de un plan de operaciones para el supuesto de que el régimen fuese descabezado. En estos momentos operan desde 35 distritos militares autónomos que no necesitan recibir órdenes de un comando central. Actúan por su cuenta de acuerdo con normas previamente establecidas. Su arma principal son los drones. Se les han señalado dos objetivos: poner histéricas a las monarquías del Golfo y estrangular el estrecho de Ormuz. Cada dron iraní con cabeza explosiva cuesta entre 20.000 y 50.000 dólares. Cada misil Tomahawk disparado desde Emiratos Árabes, Catar, Arabia Saudi, Oman, Barein, o desde de un buque de guerra estadounidense anclado en el océano Índico, cuesta cuatro millones de dólares.

Objetivos iraníes. Destruir refinerías en las costas de enfrente y hacer la vida imposible en ciudades como Dubái o Abu Dabi, emporios de la globalización neoliberal. Estrangular uno de los estrechos más importantes del mundo en términos geopolíticos, puesto que por los dos canales de navegación de Ormuz, de unos tres kilómetros de anchura cada uno, sale al océano Índico el 20% de la producción mundial de hidrocarburos (petróleo y gas natural licuado).

En La Vanguardia llevamos meses hablando de la importancia de los estrechos en la actual fase de complicación de las relaciones internacionales, y hemos dedicado diversos artículos y comentarios a Ormuz. Un bloqueo prolongado de Ormuz puede provocar un shock en el sistema económico mundial. Sería el equivalente a un infarto. Podría repetirse algo parecido a la crisis del petróleo de 1973, cuando el precio de los carburantes se multiplicó por cuatro, cuando los países árabes decidieron castigar a Occidente por su ayuda a Israel en la guerra del Yom Kipur, en la que los ejércitos de Egipto y Siria resultaron humillados.

En estos momentos estamos en situación de angina de pecho. El petróleo y el gas fluyen mal. En los últimos días se han tomado dos medidas de urgencia, cuya envergadura subraya la gravedad de la situación: el pasado martes se liberaron 400 millones de barriles de petróleo de las reservas de la Agencia Internacional de la Energía, y ayer Estados Unidos levantó el bloqueo al petróleo ruso, ante la indignación de la Unión Europea, por el regalo económico que ello supone para el régimen de Vladímir Putin.

En Washington alguien calculó mal. Es sabido que diversos altos mandos del ejército de los Estados Unidos desaconsejaban atacar Irán. Y también es sabido que algunos de estos altos mandos fueron purgados por Donald Trump meses después de tomar posesión del cargo. El Pentágono se ha lanzado a la aventura. Quince días después de liquidar al Guía Supremo de Irán, el ejército persa controla el estrecho de Ormuz y prácticamente no deja pasar ningún barco petrolero o metanero que no sea iraní. Ayer permitió el paso de un buque turco. No es fácil tomar Ormuz. Estados Unidos acaba de movilizar un cuerpo expedicionario de 5.000 marines. ¿Intentarán apoderase del estrecho Ormuz? ¿Intentarán la conquista de la isla iraní de Kharg, situada en el interior del golfo Pérsico, principal centro logístico de la producción de petróleo del país de los persas?

Alguien cometió un error de cálculo en Washintgon y ahora nadie sabe cuando acabará la guerra de Irán, la guerra de Oriente Medio con formato ampliado, ni qué costes tendrá para la economía mundial. La primera semana puede haber costado a Estados Unidos unos 11.000 millones de dólares. En estos momentos hay una crítica casi unánime a Washington porque su estrategia, si es que existe, no resulta legible. Trump vocifera como un matón de barrio, como siempre. Diversos altos responsables de la Administración de Estados Unidos viven estos días en bases militares, por supuestas razones de seguridad que vienen a teatralizar el estado de guerra.

El mundo se ha convertido en un lugar extraño, en homenaje póstumo al cineasta David Lynch, maestro del surrealismo existencialista. En ese lugar extraño, el causante de la guerra de Ucrania hoy emerge como el primer vencedor de la guerra de Irán. El levantamiento del bloqueo del petróleo ruso puede reportar unos beneficios de 10.000 millones de dólares a ese país, con el consiguiente refuerzo de sus energías militares para recrudecer la guerra de Ucrania. La aventura de Irán puede dar una victoria de largo alcance a Rusia. El mundo se ha convertido en un lugar extraño y las bolas de billar chocan enloquecidamente. El canciller alemán Friedrich Merz estaba ayer demudado.

Hace cuatro años, Alemania, la principal potencia económica de Europa, perdió el gas ruso, contratado a precios muy favorables, con la garantía de los gigantescos gasoductos Nord Stream. Hoy ve cómo se le encarece el gas que compra a Estados Unidos y Catar, país cuya principal planta de GNL ha sido atacada por los drones iraníes. Alemania se ha visto obligada a renunciar al pacto kantiano con Rusia y hoy todo lo es desfavorable.

Merz criticó ayer la decisión norteamericana sobre el petróleo ruso y aseguró que su país no se va a implicar en la guerra de Irán. Hace una semana, el canciller federal alemán calló en la Casa Blanca mientras Trump despotricaba contra España. Pedro Sánchez fue el primero en tomar distancias. Parecía solo. Parecía Don Quijote. Se le añadió le presidente francés Emmanuel Macron. Se le añadió la primera ministra italiana Giorgia Meloni, que tiene un incómodo referéndum sobre la reestructuración del Poder Judicial dentro de una semana. Y hora se mueve Merz. Alemania está consternada. Ursula von der Leyen se ha tenido que comer su último discurso, y la ex primera estonia Kajia Kallas, Alta Representante para la Política Exterior de la Unión Europea, hizo ayer discurso crítico con Estados Unidos, por primera vez en su vida. No es fácil para un báltico dar ese paso.

El mundo se ha convertido en un lugar extraño. El mundo es un lugar grande y terrible, solía decir Antonio Gramsci, inspirándose en el poeta Kipling.

Enric Juliana Ricart

Adjunto al director de La Vanguardia. Al frente de la redacción en Madrid desde 2004. Anteriormente, corresponsal en Roma y redactor jefe de Información Local. Su último libro: ‘España, el pacto y la furia’ (2024)

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