Las grandes guerras de la historia siempre han dado lugar a una reestructuración del orden internacional. Pensemos en la paz de Westfalia de 1648, el congreso de Viena de 1815, las dos guerras mundiales y la guerra fría, que llevaron al orden liberal, el auge de la globalización y la hegemonía unipolar estadounidense. Ahora bien, la guerra de Irán, más que dar lugar a un nuevo orden de las
cosas, no hace más que reafirmar el desorden anterior a ella: un sistema liberal
tambaleante, el deterioro de la globalización como consecuencia de las guerras comerciales, una desavenencia en el seno de la alianza occidental y una búsqueda desesperada de autonomía estratégica y tecnológica por parte de Europa, mientras China se posiciona como fuerza de estabilidad frente a la estrategia estadounidense del caos.
La guerra de Irán estalló cuando el cisma entre Estados Unidos y Europa ya había desembocado en un conflicto civilizacional en el cual los estadounidenses acusaron a Europa de ser ya “irreconocible” a causa del “borrado civilizacional” provocado por la invasión de los inmigrantes musulmanes. El nacionalismo cristiano trumpiano es inherentemente antieuropeo, pero también está del mismo lado que la Rusia de Vladímir Putin en la guerra cultural declarada por el presidente estadounidense contra Europa. El fetichismo europeo ante el derecho internacional, casi un sustituto religioso, es otro elemento de discordia, como ya ocurrió en la guerra de Irak de George W. Bush, a la que Europa se opuso con firmeza por considerarla ilegal. Donald Trump ha ridiculizado a los europeos por su “cobardía”, una forma de expresarse bastante vulgar y que contrasta con la distinción más civilizada realizada por Robert Kagan con ocasión de la guerra de Irak: “Europa es de Venus y Estados Unidos es de Marte”.
Analizada desde una amplia perspectiva histórica, la alianza transatlántica nunca ha sido el orden natural de las cosas. El actual cisma resulta alarmante, pero no carece de precedentes. Trump sigue los viejos patrones de aislacionismo y proteccionismo arraigados en la historia estadounidense. La retirada de Woodrow Wilson en 1919 de la Liga de las Naciones y de cualquier compromiso que garantizara la seguridad de Europa no fue menos trascendental que la brutal desvinculación de Trump de Europa. El resultado de la decisión de Wilson fue el auge de Hitler y el estallido de la Segunda Guerra Mundial.
Barack Obama, adorado en un principio en Europa, evitó de forma sistemática movilizar a la OTAN para poner coto a las tropelías de Moscú contra Ucrania. El mensaje a Putin fue que tenía la vía libre para continuar con el hostigamiento. Con su campaña de “reinicio” de relaciones con Moscú en el 2009, Obama abandonó abruptamente el plan de despliegue de un escudo antimisiles balísticos en Europa oriental al que, con gran riesgo político, se habían adherido Polonia y la República Checa. Al mismo tiempo, Robert Gates, su secretario de Defensa, pronunció un discurso (“Reflexiones sobre el estado y el futuro de la alianza transatlántica”) en el que despotricó contra los miembros europeos de la OTAN por condenar la Alianza Atlántica a la “irrelevancia militar colectiva” como consecuencia de su incapacidad para ser “socios serios y capaces en su propia defensa”.

Obama evitó movilizar a la OTAN y envió un mensaje a Putin de vía libre con el hostigamiento
La guerra de Irán ha dejado aún más claro lo que ya sabíamos: una diferencia fundamental en el seno de la alianza occidental a propósito del papel de la fuerza en los asuntos internacionales. Cuando Estados Unidos mira a Rusia, China o Irán, ve adversarios que buscan obtener ventajas y ponen a prueba la capacidad para ir lográndolas. Cuando muchos países europeos miran a esos mismos actores, ven riesgos que hay que gestionar y compartimentar. El resultado es una divergencia en la que una parte se prepara para un mundo definido por la resistencia y la imposición, mientras que la otra sigue orientada al mantenimiento del equilibrio de un sistema que espera poder estabilizar.
Son tiempos de reflexión para una Europa que ha externalizado su defensa en el salvador estadounidense y ha adoptado el derecho internacional como brújula fundamental de la política exterior. En su
Elogio dell’America , Mario Andrea Rigoni describió Europa como “una vieja dama que, tras haberse permitido todas las libertades y una gran cantidad de horrores, espera que nos enfrentemos a su ponzoñosa herencia de acuerdo con su propia necesidad de arrepentimiento y moderación”. Europa necesitó un número infinito de guerras de religión, dos guerras mundiales, incluida la destrucción de la comunidad judía europea, para resolver unas disputas endémicas sobre fronteras, nacionalismo y ambiciones hegemónicas; y ahora se sorprende de que los bárbaros de Oriente Medio se enfrenten a las vicisitudes de su historia con el mismo recurso a la guerra al que echaron mano las grandes civilizaciones cristianas y que tuvieron como resultado cientos de millones de muertes.
En su reflexión, Europa ha tenido una conversión damascena al gaullismo y ha empezado a considerar la autonomía estratégica como un requisito estructural en un mundo dominado por la competencia entre las grandes potencias, bajo la sombra de la amenaza nuclear. Lo que De Gaulle, contrario a la unificación alemana, no habría imaginado ni en sus peores pesadillas es que Alemania, con su plan para destinar un billón de euros a gastos de defensa, sería el motor de semejante conversión. El neogaullismo europeo, como el original, también se verá obligado a adoptar la disuasión nuclear; sobre todo ahora que Putin amenaza con el uso de armas nucleares, Trump ha hecho caso omiso
de la necesidad de renovar los acuerdos SALT que limitan las armas nucleares estratégicas, y China ha emprendido una importante actualización de sus capacidades nucleares.
Lo que era cierto antes de la guerra de Irán es aún más cierto ahora. Europa necesita hacerse con las riendas de su propia defensa, encabezada seguramente por un grupo central de países entre los que estarían Francia, el Reino Unido, Alemania y Polonia. Ello supondrá crear una voz común en materia de seguridad y un mercado de defensa unificado, además de un lenguaje de formación único y coherente. La posible aparición de una OTAN europea, mientras asistimos al desplazamiento de Estados Unidos hacia las coaliciones de voluntarios, no es el escenario ideal, pero es un escenario que Europa tiene que considerar.
El neogaullismo europeo, como el original, deberá adoptar la disuasión nuclear
Eso no significa que Europa deba imitar los modos estadounidenses. La fuerza militar debería ser siempre el último recurso, y la disuasión consiste precisamente en disponer de esa fuerza sin necesidad de utilizarla. Trump desdeñó las enseñanzas de George Kennan, quien, en lugar de hacer un llamamiento en favor de una guerra apocalíptica contra la Unión Soviética, estableció las reglas de una contención que acabó llevando a su colapso. Era la misma doctrina de la contención que moldeó la doctrina Truman, el plan Marshall y la alianza de la OTAN.
Las guerras de Gaza e Irán han puesto de manifiesto que, frente a sistemas ideológicos, ni el valor de las consideraciones económicas ni el efecto de la destrucción de las capacidades militares constituyen elementos determinantes. Lo que decide el resultado del conflicto es la capacidad del enemigo para resistir el caos económico y las bajas. Un país que sacrificó las vidas de 750.000 personas, incluidos miles de niños, en su guerra con Irak en la década de 1980 siempre ha tenido una formidable ventaja ante enemigos que se derrumban bajo el impacto emocional de unas pocas decenas de cadáveres regresando a casa en bolsas. Un régimen que el pasado enero asesinó a decenas de miles de sus propios ciudadanos en apenas cuarenta y ocho horas no iba a dejarse amilanar dos meses más tarde por unas amenazas hechas contra la población civil.
Irán es más una causa que un Estado. Resulta difícil quebrar la férrea voluntad de los estados ideológicos por grande que sea el dolor infligido. El relato fundacional de la República Islámica hace hincapié en la supervivencia frente a obstáculos abrumadores. La generación revolucionaria soportó el caos institucional, las purgas, los combates urbanos, los levantamientos tribales y la devastadora invasión de Sadam Husein... y salió indemne. La calamitosa lectura incorrecta por parte de Estados Unidos de la sencilla verdad acerca de la resiliencia de los estados ideológicos cuando se ven acorralados ha determinado históricamente sus intervenciones en Vietnam y Oriente Medio. El país ganó todas las batallas, pero perdió todas las guerras debido a su incapacidad de convertir las proezas tácticas en victorias estratégicas. La extravagante planificación y las cambiantes explicaciones del Gobierno de Trump en este conflicto constituyen un problema que también determinó las anteriores guerras de Estados Unidos, incluidas las de Irak, Afganistán y Vietnam. Se trata de un problema inherente al pensamiento militar y político estadounidense. Irán ha enseñado que, en las guerras asimétricas, la geografía importa tanto como la tecnología. El dominio iraní del estrecho de Ormuz y el control del estrecho de Bab el Mandeb en la entrada del mar Rojo por parte de sus aliados hutíes han sido un elemento decisivo en esta guerra.
De todos las consecuencias, las más duraderas pueden ser el regreso de la geopolítica del petróleo y la repercusión de la guerra en la competencia entre las grandes potencias. El conflicto ha hecho que la relación entre Rusia y China pase de una coordinación cautelosa a una alineación estructurada. La guerra también ha mostrado al Sur Global que el orden encabezado por Estados Unidos no puede garantizar la estabilidad de los bienes comunes mundiales. El cierre de Ormuz, la incapacidad estadounidense para obligar a sus aliados a que le ayuden a reabrir el estrecho y el espectáculo de los países en desarrollo luchando por conseguir suministros de energía y fertilizantes mientras Washington prosigue con su guerra de elección constituyen otros tantos factores que alimentan un relato de una extralimitación y una fiabilidad sistémica menguante por parte de Estados Unidos.
Son tiempos de reflexión para Europa, que ha externalizado su defensa
Si la guerra de Irán no se ha convertido en una guerra mundial en toda regla es gracias a la contención de China en el uso de la fuerza y gracias al cálculo realista que ha realizado y según el cual Estados Unidos saldrá perdedor en sus guerras de desgaste en Oriente Medio; unas guerras, además, que desvían la atención estadounidense del teatro estratégico que en realidad le importa a China: Asia oriental y el Indo-Pacífico.
Por desgracia, al tiempo que se inclinan hacia una relación más estrecha con China, los dirigentes europeos no deberían albergar ilusiones. El comportamiento de gigante asiático no solo no incluye disposiciones para ayudar a los países en apuros (algo que sí tiene la mejor faceta de Estados Unidos), sino que no constituye alternativa alguna al desafío estadounidense de las normas y el derecho internacionales. China es uno de los principales responsables de abusos contra los derechos humanos y perpetra un genocidio cultural contra su población musulmana. “Uno no se mete con su banquero”, respondió Hillary Clinton en el 2010 cuando le preguntaron por qué no había planteado temas relacionados con los derechos humanos durante una visita a Pekín.
Esa es exactamente la lección que los primeros ministros europeos están extrayendo de su peregrinación a China: si queréis que seamos un socio comercial más fiable, no se os ocurra mencionar temas relacionados con los derechos humanos ni hablar de nuestras agresivas políticas en el mar de China Meridional, que contravienen de modo flagrante el derecho internacional.

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