Martí Monasterio
Barcelona
17/04/2026 17:57 Actualizado a 17/04/2026 18:36
Cada primavera, cuando el RCTB se viste de gala, Josie Mata Satrústegui vuelve a ocupar su lugar en la Pista Rafa Nadal, como si el tiempo no pasara para ella. A sus 88 años, suma ya más de siete décadas asistiendo al Trofeo Conde de Godó, una cita que va mucho más allá del deporte. Es la continuación de una historia que empezó antes de que naciera, entre raquetas, viajes y raíces familiares profundamente unidas al tenis, y que hoy sigue viva en hijos y nietos que comparten la misma pasión.
Nada más entrar en la casa-club del RCTB me encuentro con su nieta, Eugenia. El taxi que trae a su abuela está a punto de llegar y la esperamos entre el bullicio habitual de los días grandes del torneo. En medio de ese caos, la vemos aparecer. Juntos, la acompañamos escaleras arriba en busca de un rincón tranquilo donde conversar.
Ambas se mueven por el club con la naturalidad de quien está en casa: conocen todos los pasillos y puertas. A cada paso, alguien las saluda. Nos detenemos una y otra vez, atrapados en rápidas conversaciones sobre los partidos de cuartos de final, hasta que finalmente encontramos un espacio donde sentarnos.
La charla arranca y pronto queda claro que podría alargarse durante horas. Nieta de Jorge Satrústegui, fundador y primer presidente de la Real Federación Española de Tenis, Josie creció con una raqueta entre las manos.
En el jardín de su casa había una pista y en ella, los domingos por la mañana, Esteban Gimeno, padre del histórico Andrés Gimeno, la entrenaba a ella y a sus hermanos. No fue hasta los 17 años, tras pasar dos estudiando en Inglaterra, cuando sus padres la hicieron socia del RCTB.
Su vida ha estado siempre ligada al tenis. Compitió a nivel nacional en su juventud, llegó a proclamarse campeona del torneo social del club y no dejó de jugar hasta bien entrada la sesentena. Esa pasión la compartió con sus seis hijos, hoy también socios, en una cadena que no se ha roto con el paso del tiempo.

Cuando le pido un recuerdo del Godó, no duda. Recuerda la primera edición del trofeo, con la victoria de Vic Seixas, quien le firmó un autógrafo tras la final. “Me enamoré de él”, recuerda entre risas. Lo siguió en Wimbledon, como siguió durante años a tantos otros. Habla también de Manolo Santana, de Rafa Nadal. “Eran excitantes todos”, dice, con la misma emoción intacta.
Hoy, a sus 88 años, Josie ya no empuña la raqueta, pero sigue viviendo el tenis con la misma intensidad. Desde el palco familiar en la pista central, observa cada punto como quien repasa su propia historia. Porque, en el fondo, para ella, el Godó no es solo un torneo: es el hilo que ha seguido su vida durante más de setenta años, una tradición que repite año tras año y una pasión que, como la tierra que visita cada primavera, siempre deja huella.

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