"A los españoles nos están mintiendo": el colapso de la corriente del Golfo beneficiaría a España

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El gran error del debate climático europeo, no sabemos si intencionado o por simple desconocimiento de quienes lo promueven, consiste en presentar una amenaza desigual como si fuera un problema idéntico para todos. La Unión Europea diseña buena parte de sus políticas bajo la premisa de que los países miembros sufrirán impactos similares y, por tanto, deben responder con estrategias comunes. Sin embargo, si se observan algunos de los escenarios climáticos futuros que hoy podemos simular gracias a las nuevas tecnologías —sí, también la IA—, el debilitamiento o el eventual colapso de la AMOC (la Atlantic Meridional Overturning Circulation, conocida históricamente como la corriente del Golfo; la que llevó a Colón a América) muestra claramente cómo esa homogeneidad no existe. Y en España, una vez más, corremos el riesgo de seguir aplicando recetas ajenas a problemas que no son exactamente los nuestros. Nuestro dicho no se inventó en vano: para estas cosas somos "más papistas que el Papa".

Pero primero es necesario conocer la importancia de la AMOC en todo esto: no es un hecho menor, sino el mayor desencadenante de los ciclos climáticos en la Tierra: la Cuarta Glaciaciun, el Diluvio Universal —que ahora parece quedar demostrado en torno al 10.500 a. C. por evidencias geológicas y paleontológicas— y otros tantos cambios de era han coincidido con el colapso de la AMOC. Y es que la amiga AMOC es una de las grandes reguladoras térmicas del Atlántico norte. Lleva aguas cálidas desde el Caribe hasta la costa este de Estados Unidos y transmite ese calor hasta las islas británicas, el norte de Francia, los Países Bajos y Escandinavia. Según la hipótesis expuesta en estos estudios, su debilitamiento está ligado al calentamiento global, que produce deshielo polar, y a la reducción de la salinidad del Atlántico, fruto del derretimiento del hielo de agua dulce. Se ha estimado, además, que este fenómeno es cíclico, con una periodicidad aproximada de 12.000 años. Y si la última vez ocurrió en el 10.500 a. C., ya llevamos unos cinco siglos en tiempo de descuento. De hecho, los científicos ya han observado un debilitamiento progresivo de la AMOC y, aunque no nos lo anuncien a bombo y platillo, las políticas ambientales están orientadas a sobrevivir tras su colapso.

Sin embargo, a los españoles nos están mintiendo. Tras el colapso de la AMOC, el norte de Europa podría experimentar, según simulaciones, una caída de las temperaturas de hasta 7 grados y un aumento significativo de las nevadas invernales. En términos prácticos, París y Bruselas se convertirían al clima noruego, y Escandinavia pasaría a ser la inhóspita Siberia. La costa este de Estados Unidos, donde hay grandes ciudades como Nueva York o Boston, afrontaría un incremento de las inundaciones y una subida del nivel del mar recurrente de hasta un metro. Marruecos y todo el norte de África avanzarían hacia una desertización extrema. España, en cambio, se situaría en una posición comparativamente ideal: un aumento de las lluvias intensas en invierno y una subida térmica que no superaría un grado de media. En fin, un paraíso para el resto del globo. Mientras unos tratarían de sobrevivir al frío o al calor extremo y a las inundaciones, aquí no daríamos abasto para servir cañas en las terrazas a extranjeros de todas partes. Quizás ahora se entienda mejor por qué fondos y patrimonios extranjeros han puesto el ojo en el mercado inmobiliario español y portugués.

Ese dato debería bastar para abrir un debate serio. Si el impacto climático sobre España va a ser de naturaleza distinta y de intensidad menor que en otras regiones del Atlántico norte, resulta difícil justificar que nuestra política climática continúe subordinada casi por completo a prioridades definidas desde Bruselas, Berlín o Ámsterdam. España no puede limitarse a seguir un guion elaborado para quienes temen inviernos más duros, colapsos por la nieve o descensos térmicos severos, cuando aquí la preocupación principal podría ser otra: lluvias torrenciales, presión demográfica, ordenación del territorio, agua, vivienda y capacidad de absorción social. Y resulta extremadamente curioso que nuestro Gobierno saque un cero en todos estos puntos, mientras pretende sacar un diez en un examen en el que no estamos ni matriculados.

Porque la cuestión no termina en la meteorología. Si una parte del norte de Europa se vuelve mucho más hostil y el norte de África se degrada aún más, España podría convertirse, junto con Italia, Grecia o los Balcanes, en uno de los grandes refugios climáticos del mundo. Eso significaría flujos migratorios crecientes, tensiones adicionales sobre los servicios públicos y la necesidad de reforzar la autosuficiencia económica en un contexto de creciente inestabilidad internacional.

La solidaridad europea sigue siendo necesaria, pero no podemos construirle la casa al vecino e irnos a vivir bajo un puente. Cooperar no equivale a aceptar sin discusión políticas diseñadas para otros. Si España solo actúa como ejecutora disciplinada de una agenda climática pensada para el norte de Europa, puede terminar cavando su propia tumba. En materia climática, ese error puede pagarse muy caro. Ya tenemos bastantes jugarretas de unos y otros para destruirnos como país, conquistarnos, expoliarnos y denigrarnos. Yo veo claramente que el cambio climático es un gran incentivo para levantarnos como país. Todos tenemos la responsabilidad de alzarnos. Hasta la Edad Media, los reyes iban al frente de su pueblo en la batalla. Desde entonces, los gobernantes han decidido permanecer protegidos en posiciones retrasadas y resguardados en sus sillones y palacios. Sin quererlo, invitaron a toda la ciudadanía a tomar la iniciativa y el mando. ¡Pues pongámonos manos a la obra!

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