Pablo Marín, el canterano que pasó de recogepelotas a dar la Copa a la Real Sociedad

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Hay historias que parecen escritas por el destino, y la de Pablo Marín es una de ellas. En la final de la Copa del Rey, con todo en juego, fue el encargado de lanzar el penalti definitivo que dio el título a la Real Sociedad ante el Atlético de Madrid.

El momento no era sencillo: máxima presión, una afición conteniendo la respiración y enfrente un portero como Juan Musso. Pero Marín ejecutó con una serenidad impropia de sus 22 años, colocando el balón con precisión y desatando la locura. No fue suerte, fue talento, personalidad y preparación.

Lo que hace especial esta historia no es solo el gol, sino el camino. Hay que recordar que, hace apenas seis años, Marín no estaba sobre el césped como protagonista, sino detrás de las vallas del Reale Arena, ejerciendo de recogepelotas. En 2020 vivía desde la banda cómo su equipo avanzaba en la Copa.

El joven logroñés soñaba con estar algún día ahí dentro, participando, sintiendo lo que ahora siente. Aquella imagen, siendo uno más de los chicos de la cantera ayudando en el partido, contrasta con la de hoy: el jugador que decide un título.

El valor de la cantera

La historia de Marín es también la historia de Zubieta, el corazón formativo de la Real Sociedad. El motivo es que, desde que llegó en 2016, el centrocampista riojano fue creciendo paso a paso, sin atajos, ganándose cada oportunidad.

No lo tuvo fácil. La competencia en el centro del campo siempre ha sido alta, pero su constancia le permitió debutar con el primer equipo en 2022 y acumular minutos hasta convertirse en una pieza útil. Su progresión es el reflejo de una filosofía: apostar por jugadores formados en casa.

Una tanda que no es una lotería

El lanzamiento de Marín volvió a poner sobre la mesa un debate recurrente: ¿son los penaltis una cuestión de suerte? Su ejecución dice lo contrario. Técnica, elección del lado, temple… todo influye.

En ese instante, el fútbol se reduce a un duelo mental y técnico. Marín lo entendió a la perfección. No le pesó la responsabilidad de cerrar la tanda ni de sostener la ilusión de toda una afición que ansiaba celebrar sin restricciones un título copero.

La responsabilidad del último lanzamiento no estaba inicialmente en sus botas. El capitán Mikel Oyarzabal, habitual referente en este tipo de situaciones, no pudo estar en ese momento decisivo. Ahí emergió Marín, asumiendo un rol que no le correspondía por jerarquía, pero sí por personalidad. Y lo hizo con una naturalidad que sorprendió incluso a los más veteranos. Ese instante, apenas unos segundos, ya forma parte de la historia del club.

Un símbolo para los que sueñan

La imagen de Pablo Marín es poderosa porque conecta con miles de niños que sueñan con ser futbolistas. Su historia demuestra que el recorrido no siempre es inmediato, que hay etapas invisibles —como la de recogepelotas— que también forman parte del camino.

Hoy, ese niño que devolvía balones es el héroe que entregó una Copa. Un relato que engrandece al fútbol y que explica por qué este deporte sigue generando emociones únicas. Porque, a veces, los sueños no solo se cumplen: se superan.

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