Los robots chinos pulverizan registros y arrasan a los humanos en el medio maratón de Pekín

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China ha vuelto a exhibir músculo cibernético con la celebración este domingo de un medio maratón entre robots y humanos en Pekín. Conviene aclarar de antemano una cosa: no ha sido una competición justa. El primer humanoide ha corrido tan absurdamente rápido que ha pulverizado todos los registros de velocidad de nuestra especie. “¡Vamos Shandian!”, le gritaban en el kilómetro 11 de la carrera decenas de personas congregadas a primera hora de la mañana en torno a una curva para ver el espectáculo.

Ver correr a Shandian (significa Relámpago en mandarín, así se llama el ganador de la carrera) resulta una experiencia extraña. Se siente una mezcla de orgullo e impotencia: orgullo, por lo que implica en términos de salto tecnológico, un logro en gran medida colectivo de la humanidad; impotencia, al constatar la forma insensible e imperturbable en que nuestra propia creación avanza sobre la carretera.

Shandian, de un centelleante color rojo, es un androide de cuerpo robusto que contrasta con sus piernas ágiles y finas engarzadas a la pelvis mediante gruesas articulaciones mecánicas; sus pies no son pies sino palas que repiquetean a un ritmo feroz contra el asfalto, y apenas da tiempo a animarlo, a grabarlo, a hacerle fotos, a observarlo. Hay que optar por una de ellas.

“¡Vamos Shandian, vamos robot!”. Tan solo 25 minutos después de la salida, pasa como un cohete por la curva del kilómetro 11, que traza al galope sin titubear, y se pierde a lo lejos por la recta en una exhalación. El público ríe de forma nerviosa, y se miran unos a otros, como uno hace cuando no comprende del todo lo que acaba de ver. Hay familias, niños entusiasmados, jóvenes y ancianos, bebés en carritos y abuelos en sillas de ruedas. Algunos llevan carteles con el nombre del ídolo de metal, cables y circuitos, y pancartas de ínfulas patrióticas que hablan de “una carrera vertiginosa hacia la gloria”.

“¡Es rapidísimo!”, aciertan a decir de forma confusa, y repasan incrédulos el vídeo registrado en sus teléfonos. Aún transcurrirán otros nueve largos minutos antes de ver aparecer por este punto a los primeros humanos, que corren por un carril separado, y para entonces ya habrán pasado otros cinco robots con zancadas vertiginosas. Lo dicho: no ha sido una competición justa.

Shendian ha sido efectivamente el primero en cruzar la meta, con un tiempo de 48 minutos y 19 segundos, rebajando en más de nueve minutos la mejor marca mundial humana lograda en marzo por el ugandés Jakob Kiplimo (57:20) en la media maratón de Lisboa, si bien es cierto que la máquina fondista ha chocado contra las vallas poco antes de alcanzar la meta, y ha tenido que ser ayudada a levantarse para poder concluir la carrera, según han recogido los medios presentes en ese otro punto.

Y en cualquier caso no ha resultado ganador, ya que al tratarse de un modelo manejado por control remoto ha sido penalizado frente a los robots autónomos. El ganador, Qitian Dasheng, ha llegado poco después, finalizando con un tiempo de 50:26 los 21,0975 kilómetros de la carrera. Ambos humanoides, de aspecto muy similar, han sido desarrollados por Honor, un gigante especializado en electrónica de consumo y teléfonos móviles. La noticia de su llegada se ha extendido de inmediato entre el público del kilómetro 11 cuando ni siquiera había empezado a cruzar la zona el grueso de los corredores humanos.

Concebida a medio camino entre el experimento científico y la demostración futurista, esta segunda edición del medio maratón de Pekín entre humanos y robots ha servido para constatar la velocidad a la que se desarrolla en China la tecnología. El evento ha reunido en Yizhuang, un ensanche tecnológico en el extrarradio de la capital china, a más de un centenar de equipos y a unos 12.000 corredores humanos, según la organización.

En la competición del año pasado, en la que participaron apenas una veintena de robots, el primer humanoide tardó más del doble que el primer humano; muchos de los autómatas fallaron estrepitosamente y no lograron terminar la competición. En ocasiones resultaba cómico verlos avanzar con sus torpes pasitos metálicos, o ser retirados del circuito por sus creadores como si les hubiera dado un calambre.

Este año, la superioridad robótica ha sido apabullante, configurando un espectáculo que muestra de nuevo el poderío de China en plena rivalidad tecnológica y militar con Estados Unidos. La República Popular ya sacó pecho de su capacidad en febrero durante la sobrecogedora exhibición de robots en la gala del festival de primavera. En ella hubo de todo, desde una escena cómica con robots humanoides hiperrealistas charlando con una abuelita, para mostrar el potencial de la inteligencia artificial, a una exhibición de kung-fu que conducía a preguntarse por la forma que adoptarán las guerras del futuro.

“He venido porque quiero ver la elegancia de los robots, y el progreso científico y tecnológico en nuestro país. Como china, me siento muy orgullosa”, comentaba Wang Canhui, de 29 años, una de las mujeres apostadas junto a la valla en primera fila poco antes de ver pasar a Shandian. Wang, empleada en el Área de Desarrollo Económico y Tecnológico de Beijing, tiene la sensación de que, desde que vio el sincronizado baile de robots en la Gala de Primavera de 2025, se ha avanzado a una velocidad “sorprendente”.

China es consciente de que esta carrera no es meramente tecnológica; la segunda potencia se juega el dominio de un sector en crecimiento, con enormes posibilidades económicas y aplicaciones en la vida cotidiana. China fue el origen de casi el 90% de los aproximadamente 13.000 robots humanoides vendidos en todo el mundo el año pasado. Va muy por delante de sus rivales estadounidenses, incluido el Optimus de Tesla, según la empresa de investigación Omdia. Morgan Stanley prevé que las ventas de robots humanoides en China se duplicarán hasta alcanzar las 28.000 unidades este año, según datos citados por Reuters.

“Creo que los robots de China van a desarrollarse muy rápido este año, y se producirá un salto revolucionario de una a tres años”, añadía otra mujer del público. Seguía con interés los tiempos y resultados en el móvil, y conocía el nombre de distintos robots de la competición. No quiso dar su nombre porque, según dijo, trabaja en el departamento de investigación y desarrollo en la compañía Honor, fabricante del androide ganador. Estaba contenta del éxito de la criatura. En su opinión, lo más complicado a nivel comercial será la implementación de humanoides de hogar, pero llegará: “Todos están trabajando en esta dirección ahora mismo”.

La carrera ha servido también para constatar que quizá no tenga demasiado sentido poner a competir humanos contra robots. Realmente se trata de dos carreras en paralelo: una es tecnológica, la otra tiene que ver con los límites físicos y el afán de superación de nuestra especie. Es como organizar una competición de memoria entre Chat GPT y un erudito.

Los robots no respiran, no sienten ni padecen, los kilómetros apenas les hacen mella; mientras, las personas aparecen jadeantes y sudorosas, algunas cojean lesionadas. A medida que avanza la carrera, en la curva del kilómetro 11 sucede un fenómeno curioso: una vez que pasa la primera docena de robots, cuando se desvanece el efecto sorpresa, y aparecen ya modelos más torpes, que trazan eses y arrastran los pies, el público deja de animarlos tanto. En cambio, a pesar de la derrota asegurada, los corredores humanos se crecen poco a poco, agitan los brazos en el aire, reclamando al público que los jaleen; despiertan gritos, sonrisas y probablemente algo similar a la empatía.

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