La oposición pide que Starmer dimita, “ya sea por mentiroso o por inepto”

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Cuando a principios de los años sesenta un periodista preguntó al ex primer ministro Harold Macmillan qué era lo que más debía temer un gobierno, no dijo que los errores, las intrigas o las malas decisiones, sino “los acontecimientos, amigo, los acontecimientos”.

Starmer creía ingenuamente que uno de ellos, la guerra de Irán, estaba jugando a su favor y había fortalecido aunque fuera de rebote de rebote su posición política, por plantar cara finalmente a Trump, meterlo en el mismo saco que a Putin, y decir que está “hasta los mismísimos” de los presidentes de Estados Unidos y Rusia por el impacto de sus decisiones sobre la economía del Reino Unido y la calidad de vida de los británicos.

El premier sostiene que un funcionario aprobó el nombramiento sin consultar ni con él ni con ningún ministro

Nada más lejos de la realidad, sin embargo. Aunque los acontecimientos internacionales hayan echado un cable a Starmer, un fallo (el nombramiento de Peter Mandelson como embajador en Washington) vuelve a perseguirlo. La oposición unida pide a voces su dimisión, y sus enemigos dentro del laborismo (que no son pocos) lo presionan para que pase el testigo a otro u otra que no meta la pata con tanta regularidad.

Una crisis que estaba dormida ha despertado de repente al revelarse que Mandelson no pasó las pruebas de los servicios de seguridad para ser embajador en Washington, supuestamente por por su estrecha relación con el pedófilo Jeffrey Epstein, pero el Foreign Office ignoró el veto y le dio el visto bueno. Starmer asegura que no fue informado al respecto, y tampoco el entonces ministro de Exteriores David Lammy ni nadie del Gabinete. En París, donde se reunió ayer con el presidente francés Emmanuele Macron para analizar la situación en el Oriente Medio, se ha declarado “absolutamente furioso” y ha dicho que “es inaceptable y asombroso”.

Todo el asunto roza los límites de la credulidad. El primer ministro británico, contra las cuerdas una vez más, ha cortado la cabeza del principal funcionario del Foreign Office, Olly Robbins, culpándolo del desaguisado e intentando quitarse así el muerto de encima. Pero todos los partidos de oposición al unísono (conservadores, liberales demócratas, Verdes, Reforma, nacionalistas escoceses y galeses) reclaman su dimisión con el argumento de que o bien miente, o bien es de una incompetencia tan supina que no merece tener las llaves del 10 de Downing Street.

Starmer, a la desesperada, ha anunciado que el lunes próximo comparecerá en los Comunes para dar explicaciones, en lo que promete ser una sesión muy antipática para él. Justificar cómo pudo no enterarse de que Mandelson había sido vetado por razones de seguridad, y de que los funcionarios del Foreign Office le dieron la luz verde a pesar de ello, sin que ni él ni su jefe de Gabinete ni ningún ministro fuera informado, es –por muy buena fe que se ponga- complicado de entender.

Mientras tanto, los aspirantes a sustituirlo (Angela Rayner, Wes Streeting, Andy Burnham…) vuelven a afilar los cuchillos y a sacar sus libros de estrategia para estudiar la mejor manera de dar el golpe de gracia. Pensaban que la guerra de Irán les había privado de la oportunidad, pero ahora vuelven a soñar. Las elecciones autonómicas y municipales de mayo, en las que se espera que el Labour sufra un batacazo, pierda el poder en Gales por primera vez en la historia y quede tercero en Escocia por detrás del SNP y Reforma (la ultraderecha populista de Farage) vuelven a adquirir una enorme dimensión como fecha de referencia. Los acontecimientos son el gran peligro para los gobiernos por lo que tienen de imprevisible. Pero también la falta de visión, los errores y los tumbos.

Rafael Ramos

Abogado y periodista. Corresponsal de 'La Vanguardia' en Washington entre 1977 y 1994, y en Londres desde 1994.

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