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En una de las metrópolis más densamente pobladas del mundo, miles de personas viven en los camposantos, fruto de los problemas de un desarrollo urbano que avanza sin políticas de vivienda eficaces, entre desalojos, reubicaciones y soluciones provisionales
La frescura de las primeras horas de la tarde suaviza el calor urbano y el cementerio Norte de Manila cambia de rostro. En este enorme espacio público dedicado a los difuntos, los monumentales mausoleos de figuras históricas, políticas y culturales de Filipinas conviven con una vida cotidiana inesperada. Una ligera brisa se levanta y se desliza por los estrechos pasajes formados por pilas de tumbas, nichos y criptas. Entre estos espacios, los niños aparecen y desaparecen, presencias constantes pero fugaces entre los corredores. Para muchos menores como Makko, el niño que aparece en esta fotografía tomada en diciembre del año pasado, estos espacios son el único hogar que han conocido. FABIO LOVATI
Según informes y estimaciones locales, alrededor de 13.000 personas viven dentro de los cementerios de Manila, y unas 6.000 de ellas lo hacen en el cementerio Norte: el mayor camposanto público de la ciudad con una extensión aproximada de 58 hectáreas. Esta dinámica se desarrolla dentro de una región metropolitana que hoy supera los 20 millones de habitantes. La propia ciudad de Manila se encuentra entre las áreas urbanas más densamente pobladas del mundo, con niveles de densidad de población que superan a los de muchas capitales globales. Más de un tercio de sus residentes vive en condiciones precarias y aproximadamente un tercio de las familias filipinas se enfrenta a situaciones de hacinamiento en la vivienda. En medio de este panorama, incluso los espacios destinados a los difuntos se han convertido en hogares para los vivos. En la fotografía, el interior del cementerio del Norte, donde son visibles las viviendas informales construidas sobre las tumbas.FABIO LOVATI
En las últimas décadas, la inversión extranjera y el crecimiento del sector manufacturero han impulsado la economía filipina, pero los beneficios se han concentrado principalmente en las grandes áreas urbanas. Sin un plan sólido de vivienda social, los grupos más pobres (a menudo migrantes de las provincias) no han tenido más opción que recurrir a barrios marginales y asentamientos informales para encontrar un lugar donde vivir. Estos suelen surgir a lo largo de las vías ferroviarias, junto a terrenos industriales abandonados y en los cementerios. En la imagen, un niño yace en una cama dentro de una cripta convertida en vivienda. FABIO LOVATI
El cementerio representa una solución extrema pero funcional: un espacio central, cercano a oportunidades de trabajo informal, donde no se paga alquiler y donde el acceso a servicios esenciales está, al menos, parcialmente disponible. Las estructuras funerarias se amplían y adaptan para crear espacios habitables permanentes donde conviven diferentes grupos sociales: familias que llevan generaciones viviendo aquí, a menudo trabajando como sepultureros; migrantes urbanos temporales que alquilan pequeños espacios para alojarse cerca de sus puestos de trabajo; y recién llegados, a veces denominados 'mga dayo' (forasteros), desplazados de otros asentamientos informales. Esta jerarquía interna refleja las desigualdades más amplias que caracterizan a Manila. En la imagen, vista de una casa construida sobre nichos.FABIO LOVATI
La presencia de personas viviendo dentro del cementerio Norte se remonta al menos a mediados de la década de 1980. En 1986 ya existía una comunidad estable: las primeras familias se habían asentado allí por diversas razones, como la falta de oportunidades laborales o las consecuencias de desastres. La mayoría de los nuevos residentes procedía de la provincia de Samar, una de las zonas más golpeadas por los tifones, donde las condiciones de vida se habían vuelto cada vez más frágiles. Muchos perdieron sus empleos y sus medios de vida por lo que decidieron migrar a Manila, dice Fanny Mercado, una joven voluntaria de ATD Cuarto Mundo Filipinas, una organización que desarrolla programas educativos dentro de los cementerios de la capital. Al principio construyeron chozas para refugiarse y, más tarde, una vez que encontraron trabajos estables en la ciudad, edificaron casas de verdad. En la imagen, Rolando, un sepulturero que ha nacido y crecido en el cementerio, realiza tareas de mantenimiento. Por cuidar de cuatro criptas gana unos 200 pesos al mes, con lo que contribuye al sustento de su familia. FABIO LOVATI
Rachel sostiene en brazos a su hijo, que nació dentro del cementerio. Esta mujer creció aquí y ahora está criando a su propia familia en el mismo lugar. Filipinas ha registrado históricamente una de las tasas de natalidad más altas del sudeste asiático. Aunque la fertilidad ha disminuido en los últimos años, el país sigue experimentando un importante crecimiento demográfico, una presión que también se refleja en el cementerio de Norte, donde las nuevas generaciones nacen en condiciones marcadas por la precariedad de la vivienda y el acceso limitado a servicios sociales.FABIO LOVATI
Ante la falta de espacios públicos alternativos, estas calles se convierten en escenarios de la vida social de sus habitantes. Cuando cae la tarde, los caminos del cementerio se llenan de gente: adolescentes jugando al baloncesto, chicas jóvenes practicando coreografías de baile, padres celebrando los cumpleaños de sus hijos con música y karaoke —uno de los pasatiempos más populares del sudeste asiático, y quizá el más querido en Filipinas, donde ha encontrado un verdadero hogar. En la imagen, unas niñas bailan mientras preparan una coreografía para la función navideña del colegio en diciembre de 2025.FABIO LOVATI
En la imagen, unos adolescentes se reúnen sentados sobre una pila de nichos funerarios.FABIO LOVATI
Cada año se registran cientos de miles de fallecimientos en Filipinas, un país con más de 115 millones de habitantes marcado por importantes desigualdades. La elevada presión demográfica contribuye a la rápida rotación de las nichos funerarios. En la imagen, una procesión recorre el cementerio.FABIO LOVATI
Un nicho vacío tras la retirada de un cuerpo. En Filipinas, la concesión estándar para el entierro en un nicho tiene una duración de cinco años. Transcurrido este plazo, si la familia no renueva el pago, los restos mortales se retiran y se colocan en sacos a la espera de su recogida. FABIO LOVATI
Vivir en estrecha proximidad a las tumbas no necesariamente produce miedo ni angustia emocional. Investigaciones recientes sobre comunidades que residen cerca de cementerios sugieren una realidad más compleja: la exposición cotidiana a los rituales funerarios y a las prácticas de duelo puede favorecer la adaptación, la reflexión y la creación de fuertes vínculos sociales. En lugar de percibir el cementerio como un espacio amenazante, los residentes —especialmente quienes han crecido en él— suelen describir una normalización gradual de la muerte como parte de la vida cotidiana. En la imagen, una niña lleva un saco que contiene restos humanos. FABIO LOVATI
Un familiar se despide por última vez antes de que se selle la tumba. Los rituales funerarios siguen ocupando un lugar central en la cultura filipina, incluso en un entorno donde el espacio es limitado y se comparte con quienes viven entre los muertos. FABIO LOVATI
Hace 1 hora
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